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Cebos envenenados: La mayor amenaza de las especies más vulnerables

Además de ser una práctica cruel con los animales, puede tener repercusiones negativas en los seres humanos, ya que el veneno entra en la cadena alimenticia

  Mantienen las organizaciones ecologistas que la principal amenaza que planea sobre las especies de fauna ibérica más vulnerables a la desaparición es el uso de cebos envenenados. El águila imperial -única en el mundo-, el alimoche, el buitre negro o el quebrantahuesos, junto a carnívoros casi extinguidos como el oso (en el año 2000 fueron confirmadas tres muertes de osos envenenados en Cantabria) y el lobo, se enfrentan a un futuro incierto en el que las prácticas primitivas suponen un factor determinante en la reducción de sus poblaciones.

Desde el principio de los tiempos, los campos han estado sembrados de cepos, lazos y señuelos tóxicos colocados por el hombre en su lucha por la supervivencia, pero entonces funcionaba también como equilibrio del ecosistema. Ahora, los métodos de captura no selectivos -e ilegales-, causan la regresión y extinción de la fauna, con el agravante de que los principales afectados son precisamente las especies con serio peligro de desaparecer para siempre. Y aunque peligro significa que todavía hay tiempo, extinción es sinónimo a irreversible.

Pocas sanciones

Es difícil probrar quién coloca los cebos, por lo que apenas hay sanciones

La legislación, internacional y local se endurece año tras año y persigue la cómoda práctica de provocar la muerte a la naturaleza, pero los procedimientos son difíciles de detectar y, desfortunadamente, muy fáciles y baratos de llevar a cabo. Desde 1996 el uso de cebos envenenados es un delito tipificado en el código penal, castigado con un penas entre seis meses y dos años de cárcel. Sin embargo, aunque la batalla legal resulta incipiente, en nuestros tribunales sólo se han dictado cinco condenas. El 13 de octubre de 1999 se falló la primera contra quienes habían colocado 6 huevos de codorniz que previamente habían manipulado, inyectando una sustancia denominada fentión. Este compuesto químico insecticida se utiliza para envenenar cebos que persiguen controlar el número de predadores, pero sus efectos pueden acumularse en la cadena alimenticia y terminar afectando a los seres humanos. Las legistaciones de las comunidades autónomas también consideran el uso de veneno como infracción grave o muy grave, pero al igual que en la jurisprudencia estatal apenas hay sanciones. El motivo: se exige como prueba la demostración de la autoría del envenenamiento, lo que resulta imposible en la práctica totalidad de los casos.

Alta toxicidad

Es difícil seguir la pista a los envenenadores. Las sustancias tóxicas forman parte de la composición de productos de uso rutinario en la agricultura, de adquisición frecuente y libre. Los venenos que se están utilizando para eliminar fauna son, sobre todo, organofosforados, sustancias como el carbofúrano o el aldicarb, de toxicidad elevada en cantidades muy pequeñas. Un miligramo basta para matar a un ave de un kilo de peso. El cianuro, encontrado en los análisis de animales envenenados, es un componente de los raticidas. No obstante, sea cual sea la composición del producto venenoso, la mayoría tienen en común que conducen a una muerte prolongada y dolorosa por sofocación y parálisis muscular.

Cebos

Los cebos que se utilizan normalmente son trozos de carne, bien de pollo o conejo, y huevos de codorniz o gallina, y en menor medida, de paloma y perdiz. Uno de los aspectos negativos del uso de venenos, dejando a un lado la cruenta muerte que provoca su reacción, es la dificultad de encontrarlos en el monte. En la mayoría de los casos se localizan cuando se encuentran de manera fortuita ejemplares ya envenenados, es decir, cuando el daño se ha consumado.

Problema que vuelve

Eliminar depredadores, en general, y lobos, zorros y perros asilvestrados, en particular, es el objetivo de los venenos que se colocan en el monte. La causa: los daños de los carnívoros al ganado o a las especies cinegéticas, aunque también hay quien esparce veneno confiando en que algún jabalí lo devore y deje de destrozar sus prados y sus cultivos. Perros asilvestrados, animales sin dueño que se reproducen en el campo también forman parte del problema y son la excusa perfecta para el uso indiscriminado de cebos envenenados. Y así, muchos perros de los pueblos y de los propios pastores, que deambulan libremente por el monte, están detrás de matanzas de reses que, a menudo, acaba pagando el lobo. Otras especies, como el zorro y otros pequeños carnívoros, son perseguidas por su presión sobre la fauna cinegética; los córvidos y los roedores, por sus daños en las cosechas. Esta práctica, ilegal, parecía un mal sueño del pasado. El uso de cebos envenenados se conoce en España al menos desde finales del siglo XIX, pero cuando en la década de los años 60 la población del Águila imperial se redujo a 30 parejas saltó la alarma. Veinte años de evolución de la sensibilidad social hicieron que en 1983 fuera declarado ilegal el uso de cebos envenenados para el control de predadores. Sin embargo, cuando el problema parecía ya superado, hacia el final de los 80 y primeros años 90 se volvieron a encontrar un gran número de carroñeros envenenados mediante estos cebos.

Envenenar no es la solución

El sistema no sólo es ilegal, sino que altera la organización de los ecosistemas y, lo peor de todo, no selecciona a las víctimas. Cualquier animal que se alimente de carne es un receptor potencial de los cebos envenenados, y no solo de primera mano: las sustancias tóxicas persisten en el organismo, de modo que se transmiten a través de las redes tróficas. El lobo envenenado morirá antes o después y, en cualquier caso, su cadáver servirá de comida a los carroñeros: córvidos, buitres, zorros, jabalíes, otros lobos... que también morirán y serán devorados, transmitiendo el veneno hasta que su concentración deje de ser letal. Los que sobrevivan se verán afectados, por ejemplo, en su éxito reproductor. Esta cadena no excluye al ser humano. El método no es selectivo y propaga la muerte de todos los carnívoros. Una posible alternativa para encarar el problema de ataques indiscriminados son batidas selectivas que han de ser permitidas por las administraciones, aunque no es práctica habitual.

Qué hacer si encontramos animales o cebos supuestamente envenenados

Uno de los principales obstáculos para procesar a quienes envenenan es la carencia de pruebas adecuadas. Por este motivo, es muy importante que si encontramos un cadáver o cebo supuestamente envenenado, se apliquen unas líneas de actuación que eviten defectos de forma.

  • Es imprescindible avisar a la Autoridad Judicial (SEPRONA o Agentes Forestales).
  • No hay que tocar ni mover el cadáver hasta que se persone la autoridad.
  • Hay que fotografiar la zona y el cadáver.
  • Se debe revisar la zona para averiguar si hay más cadáveres, incluso de animales domésticos, y cebos.
  • Es fundamental poner inmediatamente los hechos en conocimiento de los responsables de la Comunidad Autónoma.

Cifras para la reflexión

Desde el Laboratorio Forense de Vida Silvestre se advierte de que el problema, lejos de desaparecer, se acentúa. Los datos que aportan desde este Labortatorio son reveladores: por sus dependencias han pasado 5.623 animales envenenados desde 1990. Los perros asilvestrados encabezan la estadística (1.510), seguidos del buitre leonado (627), el milano real (489), el buitre negro (404) y el zorro (335). En el primer caso, el número refleja la dimensión de la población; en los del milano real y el buitre negro constituye una pérdida de ejemplares catastrófica. Aunque la situación más grave es la del águila imperial ibérica, que ha perdido 69 individuos en una década sobre apenas 150 parejas. Para dar una idea clara de cuál es el estado actual de estas especies, hay que recordar que la población española de buitre negro se encuentra en el entorno de las 1.000 parejas -1.127 en 1998- mientras que la de alimoche supone más de las dos terceras partes de la población continental. En cuanto al quebrantahuesos, especie en peligro de extinción junto con el águila imperial, el veneno es actualmente su principal causa de mortalidad. Y el 82% de las tan sólo 117 parejas reproductoras de la especie que habitan en Europa se encuentran en los Pirineos.


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