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Las dietas populares, basadas mayoritariamente en falsas creencias, conducen a desequilibrios en el organismo, con repercusiones más o menos graves para la salud
La periódica obsesión por perder los kilos acumulados en invierno se ha vuelto a instalar entre nosotros. Y para ayudarnos a rebajar peso, también han reaparecido innumerables reclamos de píldoras, hierbas, sustitutivos de las comidas, dietas milagrosas e intervenciones quirúrgicas. Sin embargo, expertos en nutrición alertan un año más sobre la escasa fiabilidad de todos estos métodos para lograr la ansiada figura. La Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN) y la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (SEEDO) se han movilizado para concienciar a las autoridades sanitarias y a la opinión pública sobre la enorme cantidad de información tendenciosa que se publica en los medios de comunicación, haciendo especial hincapié en los peligros que conllevan los métodos que prometen perder peso de forma rápida y sin esfuerzo, que carecen del menor fundamento nutricional y científico. La urgencia de poner orden al caos alimenticio actual no es casual y se basa en una premisa fundamental: el equilibrio nutricional es el pilar básico para un óptimo estado de salud. Por ello, las dietas deben seguirse siempre bajo riguroso control médico.
Muchas dietas adelgazantes no enseñan a comer bien ni garantizan que se mantendrá la pérdida de peso
Las dietas populares, basadas mayoritariamente en falsas creencias, tienen en común el erróneo aporte de grupos de alimentos (abuso de proteína, exceso de grasas, insuficiente cantidad de hidratos de carbono, etc.), lo que conduce a desequilibrios en el organismo, con repercusiones más o menos graves para la salud. Se trata, generalmente, de dietas en las que predomina un macronutriente (proteínas, grasas o hidratos de carbono), por lo que el régimen tiende a resultar monótono y poco apetecible. Como consecuencia, quienes siguen este tipo de dietas optan por comer menos y su peso disminuye por una baja y poco saludable ingesta calórica.
El principal riesgo de estas dietas reside en la inadecuada manera en la que se pierde peso con ellas, consecuencia bien de una reducción importante de las calorías ingeridas o bien de desequilibrios orgánicos que se originan al emplear alimentos en cantidad y calidad inadecuada. Es decir, se adelgaza a expensas de perder líquidos, electrolitos, en menor proporción reservas de proteínas -músculo principalmente- y todavía en un menor porcentaje grasa, que es lo que realmente interesa perder.
La gran aceptación de estas dietas radica en que, aun sin fundamento nutricional, permiten perder peso más o menos rápidamente a costa de ingerir menos calorías, por lo que en poco tiempo "convencen" a quien las realizan de continuar con ellas.
No obstante, resultan del todo inadecuadas para lograr pérdidas de peso sostenidas, ya que además de peligrosas para la salud, no enseñan a adquirir hábitos alimentarios correctos ni garantizan que se mantendrá a largo plazo la pérdida de peso.
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