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Los correos electrónicos pueden cifrarse para que el emisor tenga la certeza de que sólo el receptor accede a su contenido
Imagínese la situación. Si quisiera presentar a su jefe una brillante idea que pudiera interesar a la competencia, ¿la redactaría en una tarjeta postal que tuviera en el anverso un paisaje de Benidorm? Pues esa es la forma habitual de proceder con el correo electrónico. Rara vez se "cierra el sobre" en las comunicaciones digitales, por lo que cualquiera que se encuentre en el recorrido del e-mail y tenga unas nociones mínimas de informática puede leerlo sin mayor impedimento.
La inseguridad no es una característica inherente a Internet. La Red ofrece formas de lacrar digitalmente los envíos y hacerlos inviolables. Es lo que se conoce como cifrado o encriptación. La potencia de los ordenadores actuales y la calidad de los algoritmos desarrollados convierten en un juguete a las máquinas nazi Enigma que tuvieron en jaque a los aliados durante la Segunda Guerra Mundial. La única posibilidad para desentrañar un mensaje cifrado con los métodos actuales consiste en la fuerza bruta: decenas de los supercomputadores más potentes trabajando en común durante años sólo podrían desenmascarar un único mensaje.
Con la firma digital el receptor puede comprobar si el remitente es quien dice ser y si el mensaje ha sido manipulado
No obstante, la encriptación también tiene sus problemas. No todo el mundo está dispuesto a sufrir el engorro de cifrar y descifrar cada mensaje que le llega. Por eso, los programas de encriptación permiten quedarse a medio camino entre la seguridad total (que al menos implica que emisor y receptor se pongan de acuerdo sobre cuál de los sistemas utilizar) y la alegre despreocupación con la que se remiten en la actualidad la mayoría de e-mails. A ese medio camino está la firma digital. Al final de cada correo electrónico se añade una serie de números y letras creadas ad hoc para ese mensaje en particular. Con la aplicación apropiada, el receptor puede comprobar si el remitente es quien dice ser, y, lo que es aún más importante, si el mensaje ha sido manipulado durante su trayecto por el ciberespacio.
Cifrar o firmar digitalmente los mensajes no es patrimonio exclusivo de usuarios avanzados. Cualquiera que disponga de los tutoriales apropiados (Kriptopolis.com dispone de documentación muy práctica) podrá instalar un programa de esta índole. Después, el acto mismo de encriptar o firmar un envío se limita a hacer clic en un botón de la aplicación habitual de correo electrónico.
Por cierto, para los más precavidos está la esteganografía. En la criptografía clásica, el remitente está seguro de sólo las personas autorizadas entenderán el mensaje. Sin embargo, lo que el emisor no podrá ocultar será que la comunicación ha tenido lugar. Un ejemplo, si encontramos una carta cifrada de Pedro a Juan no la podremos leer, pero sí sabremos a ciencia cierta que Pedro le ha dicho algo a Juan. Además, se ha tomado la molestia de usar un método criptográfico para que nadie conozca el contenido de la comunicación. Y eso, hoy por hoy, resulta sospechoso.
Ahí entra en juego la esteganografía, una técnica que oculta la mera existencia de la comunicación. Hay programas de ordenador capaces de empotrar cualquier información en las fotos digitalizadas de la última visita al parque de atracciones, también los hay que construyen textos simples que no levantarían sospechas (parecen estar escritos por niños), tras los que se esconden los mensajes auténticos. Y es que, ¿quién se va a molestar en intentar la desencriptación de una información que no parece estar encriptada?
Sin embargo, todos estos sistemas suscitan dudas razonables. Un juez puede decretar la intervención de un correo o de una línea telefónica, pero, no hay forma física de descifrar un mensaje sin la colaboración de su propietario. Organizaciones de defensa de la libertades civiles en Internet, como la Electronic Frontier Foundation, defienden el uso de la criptografía argumentando que el hecho de prohibir las técnicas de cifrado sólo ayudará a los criminales, ya que las técnicas están tan extendidas que ellos no tendrán problemas en seguir usándolas, mientras que el común de los mortales se verá privado de un derecho básico como es la privacidad. En definitiva, se trata de la enésima reedición del viejo debate sobre el equilibrio entre seguridad y libertad.
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