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Antes de decantarse por un determinado tipo de cámara fotográfica conviene valorar si las novísimas cámaras digitales, penúltima entrega de un mercado de la fotografía que se halla en continua transformación, constituyen realmente una opción mejor que las tradicionales.
La inmediatez que ofrece al usuario la tecnología digital avanza de modo aparentemente irrefrenable. Sin embargo, el sistema tradicional, con sus carretes y negativos, mantiene su hegemonía. De los 76 millones de cámaras vendidas el año pasado en el planeta, sólo el 12% eran digitales. Aún son una opción cara si se compara con las cámaras convencionales, de las que se encuentran modelos de no más de 10.000 pesetas que ofrecen una resolución muy aceptable. De todos modos, la brecha entre unas y otras no para de acortarse. Ya hay cámaras digitales de calidad por 100.000 pesetas aunque si se opta por una profesional, como las reflex digitales, habrá de desembolsarse por encima del medio millón de pesetas. Otro escollo es la exigencia de disponer de un ordenador para utilizarlas, lo que, hoy por hoy en nuestro país, no está al alcance de toda la población. La tendencia es clara: las cámaras digitales se irán imponiendo. Pero, en una etapa de transición como ésta, el usuario hará mejor si antes de comprarla sopesa qué le ofrece cada sistema.
Nadie quiere adquirir un artilugio de última tecnología que repita la penosa experiencia del malogrado vídeo BETA, ni tampoco gastar más de lo necesario en un producto del que no va a extraer una buena parte de sus posibilidades. Antes de decantarse por un determinado tipo de cámara fotográfica conviene valorar si las novísimas cámaras digitales, penúltima entrega de un mercado de la fotografía que se halla en continua transformación, constituyen realmente una opción mejor que las tradicionales. La inmediatez que ofrece al usuario la tecnología digital avanza de modo aparentemente irrefrenable.
Sin embargo, el sistema tradicional, con sus carretes y negativos, mantiene su hegemonía. De los 76 millones de cámaras vendidas el año pasado en el planeta, sólo el 12% eran digitales. Aún son una opción cara si se compara con las cámaras convencionales, de las que se encuentran modelos de no más de 10.000 pesetas que ofrecen una resolución muy aceptable. De todos modos, la brecha entre unas y otras no para de acortarse. Ya hay cámaras digitales de calidad por 100.000 pesetas aunque si se opta por una profesional, como las reflex digitales, habrá de desembolsarse por encima del medio millón de pesetas. Otro escollo es la exigencia de disponer de un ordenador para utilizarlas, lo que, hoy por hoy en nuestro país, no está al alcance de toda la población. La tendencia es clara: las cámaras digitales se irán imponiendo. Pero, en una etapa de transición como ésta, el usuario hará mejor si antes de comprarla sopesa qué le ofrece cada sistema.
Estas cámaras sustituyen el carrete por un sensor que convierte la luz en impulsos eléctricos. La imagen se fija en una memoria desde la que, antes o después, habrá que realizar el trasvase al ordenador. Lo que diferencia a las cámaras digitales entre sí es la calidad con la que hacen las fotografías y el sistema mediante el que las guardan. No obstante, todas coinciden en que han invertido el proceso convencional de concebir la fotografía. Lo habitual era que los usuarios entregaran en las tiendas de revelado los carretes y recogieran las copias en papel. Si querían introducir alguna instantánea en el ordenador, la debían escanear, con la merma de calidad que eso aún supone. Las cámaras digitales dan la vuelta al proceso. Desde un principio crean un archivo digital que contiene la imagen, y que está ya listo para su manipulación electrónica. Si de ahí el usuario desea obtener una copia en papel, deberá hacerlo a través de una impresora. Así que, en este caso, la pérdida de calidad se produce en el paso al soporte físico.
A la hora de escoger una cámara digital hay que fijarse en que permita, al menos, 1.280 x 960 píxeles de resolución real óptica o, lo que es lo mismo, 1,3 megapíxeles. De esta manera se pueden conseguir impresiones de calidad hasta los 15 x 23 cm. El adjetivo "real" cuando se habla de resolución no es baladí. Si el fabricante lo omite puede ser porque esa resolución no la consiga la cámara, sino un programa informático encargado de imaginar puntos que el objetivo no ha captado, lo que se conoce como interpolación. Es, en definitiva, una trampa tecnológica tras la que se puede esconder un producto de calidad mediocre. El precio mínimo de una máquina con estas características ronda las 100.000 pesetas. Para conseguir una calidad mayor, que permita imprimir copias de dimensiones más grandes sin merma de nitidez, lo óptimo es una cámara de 1.600 x 1.200 (1,9 megapíxeles), que cuesta unas 50.000 pesetas más, o de 2.048 x 1.531 píxeles (3,1 Megapixeles), cuyo precio supera las 200.000 pesetas. A partir de ahí, los precios y la calidad se disparan, y sólo son útiles para usuarios profesionales. Un detalle importante es que cuanta más resolución permitan, más memoria requerirán para guardar las tomas.
Además de los elementos comunes con el resto de cámaras, (como la óptica, el flash y la comodidad de uso) el formato digital posee sus características propias. El visor (la pantalla que tienen los modelos de gama media y alta) permite el control real de las tomas, en particular las cercanas. También es el lugar donde se ven las imágenes ya tomadas. Sin embargo, en condiciones de fuerte iluminación exterior resulta difícil una lectura correcta. Gastan mucha electricidad, por lo que, si no se puede apagar, la duración de las baterías se verá resentida. Básicamente, hay dos sistemas de almacenamiento: las tarjetas de memoria flash (nada que ver con la iluminación) y los disquetes tradicionales. La primera opción es la más rápida y la de mayor capacidad.
En su contra está el precio, que, hoy por hoy, no permite tener varias tarjetas para usarlas como carretes. Así que el usuario está obligado a trasvasar cada poco tiempo las instantáneas al equipo informático. Existen dos modelos incompatibles entre sí: uno que agrupa a la mayoría de fabricantes y otro que desarrolla Sony. Los disquetes son más cómodos. Se pueden leer directamente en el ordenador, por lo que no hace falta conectar engorrosos cables para mover las fotos de la cámara al PC. Su bajo precio (alrededor de 50 pesetas cada uno) permite tener varios y sustituirlos con la misma facilidad que los carretes convencionales.
En su contra está la capacidad: en cada disquete apenas caben unas pocas imágenes de poca resolución. Además, son más lentos a la hora de grabar la imágenes y acceder a ellas. Resumiendo: la mayor ventaja de la fotografía digital es la rapidez. No se necesita tiempo para revelar o escanear las fotos, ya que se crea directamente un archivo de imagen que se puede ver al instante en un ordenador. Además, la mayoría de las cámaras incluyen una pequeña pantalla que permite visualizar la imagen tal y como ha quedado. Si no gusta el resultado se puede borrar y repetir tantas veces como sea necesario, sin consumir carretes ni revelado: sólo electricidad. Y las imágenes pueden ser manipuladas de inmediato desde un ordenador y enviadas por Internet a cualquier parte del mundo. Así que, si se escanean la mayoría de las imágenes con las que se trabaja, no hay duda: conviene una digital. Si, por el contrario, la mayoría de las tomas acaban sobre papel, la alternativa tradicional aún compensa, por su menor coste y mejor calidad.
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