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La hepatitis C: Sus síntomas se confunden con los de otras enfermedades y puede pasar despapercibida

En estos tiempos en los que se alarma a la población con los riesgos potenciales que pueden entrañar para la salud ciertas enfermedades poco extendidas, patologías reales y con riesgos reales, como la hepatitis C, pueden en cierto modo pasar desapercibidas con la muy negativa consecuencia de que se baje la guardia ante ellas y disminuyan las medidas de prevención para combatirlas.

  La hepatitis C es uno de los cinco tipos de hepatitis vírica (las otras son las hepatitis A, B, D y E) y se estima que sólo en España afecta a 800.000 personas, cifra que supone el 2% de la población, aunque no todas desarrollen la enfermedad.

Puede ser asintomática durante años y cuando aparecen los primeros síntomas (fatiga, nauseas y fiebre, entre otros) existe la posibilidad de que se confundan con los de otras patologías. Por ello, muchos individuos pueden padecer hepatitis C y trasmitirla por la sencilla razón de que ignoran que están afectados.

Qué es la hepatitis C

La hepatitis C es una enfermedad del hígado y se debe a un virus llamado VHC descubierto en 1989, que se transmite principalmente por contacto con sangre infectada. El VHC ataca directamente el hígado y puede dañar al órgano e incluso en algunos casos, afortunadamente los menos, la muerte.

Hoy no se dispone todavía de una vacuna contra este virus. Su peligrosidad radica en que una persona puede estar infectada sin saberlo y transmitir la enfermedad, porque la hepatitis C puede cursar sin síntomas durante años.

Síntomas: a veces no hay

El periodo de incubación es de unas 8 semanas pero puede prolongarse hasta 4-6 meses. Las pruebas serológicas que la identifican requieren unas 5-6 semanas en positivizarse. La mayoría de los casos de hepatitis C se diagnostican tarde, cuando los enfermos desarrollan una patología hepática avanzada, con o sin cirrosis. Presenta síntomas inespecíficos (cansancio, pérdida de apetito, náuseas, picor por el cuerpo, dolores articulares o musculares, orina más oscura y heces más claras) que, para quien los percibe, carecen de entidad para merecer consulta médica. Por ello, a menudo se descubre la hepatitis C de forma casual al realizar unos análisis de sangre exigido por un reconocimiento médico de empresa, una póliza de seguro o por otra enfermedad que requiere el análisis, o por una donación de sangre...

Un 30% de los infectados desarrolla cirrosis al cabo de 20-30 años. Y, según las estadísticas, uno de cada siete de los que acaban con cirrosis sufrirá cáncer hepático al cabo de 5-10 años. El consumo de alcohol (se estima que cuando supera los 50 gramos diarios) favorece la aparición de cirrosis. Se desconoce por qué unos enfermos de hepatitis C desarrollan la cirrosis y otros no, pero hay tres factores que conducen a una peor evolución de la enfermedad: ser hombre, haberse infectado a partir de los 45-50 años y el consumo cotidiano de alcohol.

Vías de contagio

El virus de la hepatitis C fue descubierto en 1989, y hasta entonces podía pasar desapercibido. Este dato es importante, ya que algunas personas que necesitaron transfusiones de sangre con anterioridad a 1989 pudieron infectarse. Pero en 1992 los investigadores consiguieron crear y estandarizar pruebas analíticas de gran sensibilidad y especificidad, lo que ha permitido que desde entonces haya disminuido drásticamente las infecciones post-trasfusión.

Los pinchazos de agujas y las lesiones quirúrgicas son factores de riesgo. La incidencia de hepatitis C es elevada en los países que utilizan jeringas y agujas no desechables. El uso intravenoso e intranasal de drogas es actualmente la vía principal de la infección, y se calcula que supone el 30-40% de todos los casos. Quienes se hacen tatuajes o piercing, o se someten a sesiones de acupuntura, corren riesgo cuando los materiales utilizados no son desechables o no se han usado medidas de esterilización adecuadas.

Pero no olvidemos la exposición familiar, mediante peines, cepillos, cuchillas de afeitar e instrumentos de manicura, cuando son utilizados de forma prolongada por varios miembros del hogar. La transmisión materno-fetal es infrecuente en la hepatitis C, y tampoco hay constancia de que se trasmita a través de la leche materna.

La hemodiálisis es un riesgo, hoy reducido por las medidas de seguridad que se adoptan con los derivados sanguíneos. Aunque entre los hemofílicos receptores de derivados sanguíneos antes del año 1990 la hepatitis C era muy frecuente, este factor de riesgo ha perdido relevancia.

La transmisión sexual es responsable de entre un 5% y un 10% de los casos. Es un riesgo menor que en la hepatitis B o el VIH (virus del sida), pero ha de tenerse en cuenta si se mantienen relaciones sexuales con personas de riesgo: drogadictos por vía intravenosa, prostitutas-os, y personas promiscuas. En ciertos casos de hepatitis C, ni se identifica el mecanismo de trasmisión ni el enfermo presenta factores de riesgo conocidos, por lo que el motivo y el modo en que se contrae la enfermedad sigue siendo un misterio.

Tratamiento

El tratamiento, cuando está indicado, consiste en administrar al enfermo interferón, sustancia segregada de manera normal en la sangre para deshacerse de los virus en general. Los interferones poseen propiedades antivirales e inmunorreguladoras, aunque se desconoce el mecanismo por el que actúan frente al virus C.

Provocan numerosos efectos secundarios (el más serio la depresión, que puede aparecer tras su administración prolongada) y en ocasiones son mal tolerados. El tratamiento es largo, se puede prolongar durante 48 semanas o más. Con la monoterapia mediante interferón, se consiguen remisiones en un 40%-50% de los casos, pero si se administra conjuntamente con otro fármaco, la ribavirina (terapia combinada), los resultados son más satisfactorios. La ribavirina es un fármaco teratógeno (capaz de generar malformaciones en el feto), por lo que las mujeres en edad fértil deben de tener la certeza de no estar embarazadas antes de iniciar el tratamiento y poner todos los medios para evitar embarazos durante el mismo, así como en los 6 meses posteriores a su finalización.

Están en vías de investigación otras posibilidades terapéuticas para hacer frente a la hepatitis C.

La hepatitis C aguda

Es poco frecuente y pasa despercibido porque sus síntomas son inespecíficos y se pueden confundir con los de otras enfermedades. Los niveles de virus en sangre se elevan de forma dramática hasta que el sistema inmunitario del organismo empieza a responder. En una gran mayoría de casos no percibe nada o simplemente se tiene la impresión de padecer una gripe con mucha fatiga, náuseas y dolor abdominal. Cuando los síntomas son más importantes, generalmente se trata de una ictericia hepática, una coloración amarilla de la piel, o sólo del blanco de los ojos, que desaparece en algunas semanas. No obstante, en más del 75% de los casos, el VHC se queda en el organismo y la hepatitis aguda se transforma en crónica, incluso cuando no hay ningún síntoma aparente. Por ello, cuando se padece de hepatitis aguda, se aconseja someterse a tratamiento para reducir el riesgo de evolucionar hacia una hepatitis crónica.

La hepatitis C crónica

Una hepatitis C se vuelve crónica cuando el virus se queda en el organismo durante más de seis meses. Se habla de hepatitis crónica "persistente" cuando los síntomas son moderados y las consecuencias sobre el hígado poco importantes. El mayor riesgo lo constituye la transmisión del virus a otras personas. En cambio, en casos de hepatitis crónica "activa" el virus sigue destruyendo el hígado por su actividad. El riesgo es entonces la evolución hacia la cirrosis del hígado al cabo de veinte a treinta años. Cuando la cirrosis avanza, el hígado no puede cumplir correctamente su función y la siguiente fase suele ser la evolución hacia una cáncer de hígado (en un 30% de los casos, después de una media de 10 años de evolución de la cirrosis). Hay que vigilar regularmente el hígado para detectar un eventual cáncer lo antes posible e intentar extirparlo con cirugía. Además, hay que evitar el consumo de alcohol y de medicamentos hepatotóxicos.

Hay que evitar los factores de riesgo asociados a la infección. Pero los infectados por el virus C pongan todos los medios para evitar la propagación de la enfermedad.

  • Evitar compartir utensilios personales: cepillos de dientes, maquinillas de afeitar y similares.
  • Aunque el riesgo de contagio por vía sexual es pequeño, deben adoptarse precauciones.
  • Vacunarse frente a la hepatitis A y B, siempre que tengan resultados serológicamente negativos frente a dichos virus.
  • Abstenerse de tomar bebidas alcohólicas.
  • No donar sangre, órganos, tejidos ni semen.

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