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Ismael Quintanilla Prado, Experto en Psicología Económica: "A pesar de la inflación, el consumo continúa su expansión, porque no nos creemos que las cosas estén tan mal"

 Ismael Quintanilla Pardo dirige la Unidad de Investigación de Psicología Económica y del Consumidor (UIPEC) de la Universidad de Valencia, y estudia las conductas económicas incluyendo la perspectivas psicológica, empresarial, económica y social.

Licenciado en Filosofía y doctor en Psicología, es autor de más de una decena de libros, entre los que figuran Psicología Económica (1997) y Técnicas y procedimientos de intervención en psicología del consumidor (1999). Este año verá la luz Modelos para el estudio de la conducta del consumidor. Ismael Quintanilla considera que nuestro comportamiento como ciudadanos es hoy mayoritariamente de consumo.

Por ello, le preocupa no sólo cómo la economía influye en el consumidor, sino también cómo este puede influir en aquella, e investiga los medios para resolver problemas humanos y sociales derivados de esta interrelación entre consumidor y economía.

¿Cómo explicaría el panorama económico actual, hasta hace poco tan halagüeño y hoy pleno de turbulencias desesperanzadoras?

Nos encontramos en un momento de expansión del consumo. Pero paralelamente, nos llegan datos preocupantes: el incremento del precio del crudo, que implica un encarecimiento de la gasolina y la calefacción; el aumento del valor del dinero, con la consiguiente subida de las hipotecas y los créditos; una elevada inflación que ha mandado al traste las previsiones del Gobierno; el descalabro del euro frente al dólar... Ahora bien, hemos de tener en cuenta una variable decisiva: el índice de sentimientos del consumidor, la percepción que tenemos de la marcha de la economía. Y ese índice ha ido mejorando desde mediados de los 90; como resultado, la actitud de los españoles ante el consumo sigue siendo positiva.

Además, estamos viviendo un derrumbamiento de los conceptos clásicos de la economía, en lo que se refiere al comportamiento de la gente. El concepto de homo economicus, que se comporta con la ley del mínimo esfuerzo y máximo resultado, y que compra aquello que racionalmente le produce satisfacción, está hoy fuera de lugar: ya no consumimos de forma racional. Hemos descubierto en nuestras investigaciones que las conductas impulsivas representan el 60%-70% de los actos de compra de los españoles, lo que quiere decir que no estamos racionalizando nuestra manera de consumir. Nos hallamos en la cultura de la inmediatez, queremos obtener rápidamente lo que nos satisface. Compramos lo que deseamos, no lo que necesitamos; sustituimos el concepto de la necesidad objetiva por el de utilidad subjetiva.

Así, vivimos una expansión del consumo, que, según parece, va a continuar, porque no se establece ya sobre pautas racionales. Y si no podemos consumir, por primera vez vamos a protestar por no poder consumir, no porque no tengamos lo que necesitamos.

¿Cómo afecta la situación actual a la vida del consumidor y a la economía de su hogar?

Si continúa esta expansión en el consumo, unida a un incremento del valor del dinero y a un aumento de la inflación, nuestro poder adquisitivo se reducirá siempre que no se produzca un repunte económico en 2001. Así, compraremos menos, con lo que habrá una menor necesidad de mano de obra y, por tanto, más paro. A su vez, si aumenta el paro, el poder adquisitivo global de los españoles disminuirá. Esta situación podría desembocar en una crisis; pero las crisis no tienen que ver sólo con el incremento del precio del crudo o de la tasa de inflación, sino también con nuestro comportamiento como ciudadanos y nuestra capacidad de adaptarnos a la situación.

El consumidor, que antes ajustaba el gasto al salario, hoy adapta el salario a las circunstancias: si no puede disfrutar de unas vacaciones de un mes, las tendrá de quince días, pero las tendrá; si no puede acceder a un producto de marca, comprará otro más barato; si debe hacer frente a una hipoteca más cara, lo más probable es que gaste menos en comida. Y si se reduce el gasto en alimentación, en los sectores sociales menos favorecidos eso significará una disminución en su calidad de vida.

Resulta paradójico que el consumo se expanda cuando el poder adquisitivo se reduce.

Si, pero vivimos una situación de euforia económica y la mayor parte de los españoles no deja de consumir porque piensa que la cosa no está tan mal. Si en la época clásica, el ciudadano adquiría su papel como tal en el ágora romana o en el foro, hoy lo hace a través del consumo. Ese homo consumator ocupa cada vez más parte de su ocio comprando; ir de tiendas es una actividad cotidiana. En ese contexto, es difícil que se reduzca el consumo. El problema vendrá cuando el ciudadano lo perciba como un problema.

Si no se producen cambios significativos, habrá un momento en que no se podrá llegar a fin de mes, como ya ocurre a algunas familias. Yo defino la pobreza como la imposibilidad de consumir; por tanto, quienes tienen menos ingresos consumirán cada vez menos y serán cada vez más pobres. Y repercutirá también en los mercados: la variable precio adquiere un peso creciente: la gente aprovecha las ofertas, compra en rebajas¿ El mercado regula la demanda de una manera que antes era incapaz de hacer.

La escalada del precio del petróleo ha disparado la inflación y desatado las quejas de los consumidores. ¿Cómo afecta el precio del crudo a la economía del ciudadano?

Aquí hay dos paradojas tremendas. La primera es que se pide a la OPEP que no aumente los precios, cuando el grupo de Petroleras Europeas Unidas consigue más beneficios que la OPEP, cuyos países (algunos de ellos, pobres) no van a prosperar mucho con este encarecimiento del crudo. Al final, el consumidor está pagando el precio del crudo, los beneficios de las petroleras y un porcentaje elevado de impuestos que repercuten positivamente en su calidad de vida, porque el Estado reparte el dinero que recauda. La segunda paradoja es que el consumidor paga más cara la gasolina, pero el consumo más importante de crudo no es el de los ciudadanos con el coche y la calefacción sino el de la industria ya que el mayor coste del transporte y la energía aumentará los precios de muchos productos y servicios. Así, nuestro poder adquisitivo descenderá; pero, insisto, veo difícil que el consumidor cambie su estilo de vida porque el modelo neoliberal nos ha enseñado a consumir de forma irracional y ahora nos pide que moderemos el consumo de carburante.

¿Cómo se nos lanzan esos mensajes tan contradictorios? Ahora no se puede pedir al consumidor que sea razonable y se apriete el cinturón. Yo no creo que el problema del petróleo vaya a reducir el consumo, pero sí incidirá en la vida de la gente. Tendremos que ir ajustando nuestra conducta a esa situación, hasta que podamos. Y cuando no podamos es cuando surgirán los problemas.

¿Y cómo redundará esta situación inflacionaria en nuestro bienestar?

Si el bienestar lo definimos en términos subjetivos, seguiremos percibiendo un mayor bienestar porque no somos ciudadanos críticos; hemos perdido el reflejo y el derecho de pensar.

¿Hasta qué punto el ciudadano hace un ejercicio crítico cuando mete la llave en su coche o cuando utiliza 50 litros de agua en la ducha? Si el bienestar es eso, ese proceso se va a acentuar. Ahora bien, si definimos el bienestar en términos más objetivos, como el desarrollo personal, profesional o individual, vamos a ir disminuyendo esa tasa de bienestar. La nuestra es una sociedad inmadura en cuanto al consumo, porque la madurez es el control que tenemos sobre nosotros mismos. El consumidor maduro no compra lo que no quiere comprar, mientras que uno inmaduro es más manipulable. Y, sin duda, se le va a manipular, porque no hay mecanismos ni recursos que controlen la influencia que se ejerce sobre él.

¿Cuáles las claves para mejorar la situación económica de las familias?

El consumidor se ha desenvuelto en un determinado sistema educativo y social. Y lo que queramos hacer para mejorar al consumidor lo tenemos que hacer para mejorar su comportamiento como ciudadano. Todo lo que sea informarle, ofrecerle la posibilidad de adquirir conocimientos, es positivo. Me refiero a libros, programas, publicaciones¿ que puedan conducir a que el consumidor se vea a sí mismo, no que le permitan que pueda simplemente protestar -que también hay que potenciarlo- sino que se vea a sí mismo como tal. Esa es la vía: cuando uno compra o consume, ha de pensar por qué lo está haciendo; por ejemplo, mirar en el armario cuántos pantalones tengo y cuántos me pongo, o mirar en la basura toda la comida que tiro. Así descubriremos que no hacemos lo que deseamos.

El Estado debe proporcionar los medios para que los ciudadanos se desarrollen como personas, pero también nosotros somos responsables. Pienso que necesitamos un ciudadano ideológico, con ideas y valores estables, y para ello, tenemos que formarnos, informarnos y racionalizar nuestros hábitos de vida.

¿Cómo puede el consumidor influir, con su conducta, en la economía mundial?

La única manera es que exista una cierta organización o consenso social. Eso, aunque parezca sorprendente, se ha producido ya en los últimos años. Un ejemplo es el caso de las botellas de agua, que hace unos años eran de PVC.

Después de una campaña de Greenpeace y de otras entidades, la conducta asociada del consumidor, que, una vez informado, no ha comprado ese tipo de envases, ha hecho que las empresas se tengan que adaptar y fabricar otros más respetuosos con el medio ambiente. Hemos de ser capaces de establecer este tipo de pautas de carácter colectivo. Porque el ciudadano, con su comportamiento de compra, puede influir en aspectos macroeconómicos. Lo que hay que hacer es darle información para que manifieste una conducta adecuada. Para ello hay que trabajar con los consumidores desde la escuela, impartiendo educación en el consumo, enseñándoles qué ocurre con los parámetros económicos y cómo influyen en su vida. O, ya con los adultos, informando como hacéis en CONSUMER.

¿Qué hay de cierto en las denominadas psicopatologías de la compra?

En los últimos años, estamos detectando un incremento de compra patológica, o adicción a comprar. Cada vez hay más personas que requieren tratamiento psicológico: cinco días después de cobrar la nómina, se lo han gastado todo en comprar cosas, muchas de ellas innecesarias.

Convertir el consumo en un acto psicopatológico es quizá la peor consecuencia que tiene la actividad económica del ciudadano en tanto que consumidor. Hay un estadio previo a esas conductas patológicas, que debemos controlar, y es la compra compulsiva. Si lo que se añade a la compra era algo necesario que se había olvidado, no pasa nada; el problema está en que el porcentaje de compras no previstas e innecesarias crece. La compra compulsiva es cada vez mayor, por lo que hay un mayor riesgo de compras de carácter psicopatológico. Si reflexionamos, comprobamos que lo económico está ligado a nuestra vida cotidiana como nunca lo ha estado antes.

En una economía en que todo pasa por el dinero, el salario se convierte en punto de referencia para el estilo de vida del ciudadano, para la socialización de sus hijos y para la relación con su pareja.

¿Cómo debe ser una política económica para que consiga beneficiar al consumidor?

No me atrevo a contestar, porque no soy un economista clásico, pero me parece que la economía es un tema demasiado serio para dejarlo sólo en manos de economistas. Estos asuntos deberían contar con la participación ciudadana.

Una buena política económica sería, en mi opinión, aquélla que, además de poner en marcha todos los procesos macroeconómicos y controlar que se produzcan adecuadamente, influyera en generar, formar y desarrollar al consumidor en su papel dentro de esta sociedad de consumo. Pero no es sólo un problema de política económica; también entra aquí la política educativa, la social y otras.


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