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Aunque es habitual que acarreen bastante dedicación previa y alguna que otra tensión ante tantas decisiones que a veces hay que tomar, casi todos nosotros ansiamos que lleguen las vacaciones
Desde estas páginas vamos a proponer algo diferente: dedicar unas pocas horas de algunos días de vacaciones a la contemplación. La palabra nos suena, de entrada, poco atractiva e incluso contradictoria con nuestro modus vivendi: la asociamos a no hacer nada, a estar en babia o a la vida espiritual y ensimismada de los monjes.
El diccionario define contemplar como "aplicar la mente a un objeto material o espiritual con atención y particular afecto". La propuesta es la siguiente: realizar ejercicios de recuperación de equilibrio emocional aprovechando estas vacaciones. Vivimos de prisa, y muy preocupados por trabajar con eficacia y buenos resultados para así progresar económicamente o, cuando menos, obtener unos ingresos que nos permitan cubrir nuestros gastos y descansar, para a su vez poder seguir trabajando. Es un círculo vicioso y vertiginoso, y la sociedad en que vivimos nos mueve a apetecer constantemente lo que no tenemos y a fijar el deseo como gran motivo (a veces, inconsciente) de nuestras existencias.
Esa distancia entre lo que poseemos y lo que ansiamos crea una tensión que puede generar frustración, el origen de la insatisfacción permanente y de ciertas neurosis que minan nuestro bienestar emocional. Circular a esa velocidad vital es peligroso para nuestro equilibrio personal, porque apenas habilitamos tiempo para lo que nos depara satisfacción profunda (ese paseo, esa conversación relajada, esa reflexión a fondo y sin prisas, ese dejar pasar dulcemente el tiempo mirando al horizonte..), para la degustación y el disfrute de lo que poseemos, de lo que no cuesta dinero ni esfuerzo, porque ya está ahí: los objetos, los paisajes y los seres humanos que nos rodean.
Pero lo pernicioso es que las cosas que conseguimos, lamentablemente, a veces dejan de interesarnos en la medida que ya las poseemos, porque pasan a ser objetos coleccionados, los devoramos o los arrinconamos sin disfrutarlos en su plenitud. Y lo peor es que en muchos casos mantenemos la misma actitud con las personas: la costumbre y la rutina hacen que los seres queridos pierdan la capacidad de estimularnos, de sorprendernos, y pasen a ser casi un elemento inerte más de todo lo que nos rodea. Y sólo percibimos la importancia de nuestros familiares y amigos cuando nos faltan. En esto no cambiamos, por mucho que transcurran los años.
Esta sinrazón de la velocidad vertiginosa que algunos imprimimos a nuestras vidas puede tener un contrapunto en la medida que seamos capaces de frenar a tiempo, de parar para contemplar. Y las vacaciones constituyen una gran oportunidad para entrenarse en esta saludable práctica. Contemplar es redescubrir cosas y personas como si fuera la primera vez que las vemos y sentimos, darse cuenta del mundo exterior, entrar en contacto sensorial profundo con objetos y seres, aquí y ahora: lo que veo, oigo, toco, huelo, palpo, saboreo... Pero también podemos aplicar la contemplación al mundo interior. Lo que siento debajo de mi piel, las tensiones musculares, los movimientos, las manifestaciones físicas de los sentimientos y emociones, las sensaciones de molestia o agrado...
Aprovechar las vacaciones para redescubrir la vida es la mejor forma de recuperar tanto tiempo perdido en ese viaje de tensiones y esfuerzos rutinarios que no nos lleva a ninguna parte. Porque la felicidad y el equilibrio personal están dentro de nosotros, y hemos de trabajar por descubrirlos y alimentarlos, con la ayuda de todo lo que nos rodea:Ñ los paisajes, los objetos, los animales y, por supuesto, lo principal: las personas.
Veamos unos sencillos ejercicios para practicar estas vacaciones la contemplación, como elemento necesario para el equilibrio emocional y la salud mental.
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