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Los datos, informaciones, interpretaciones y calificaciones que aparecen en esta información corresponden exclusivamente al momento en que se realizaron y tienen, por tanto, una vigencia limitada.

Programación infantil: Poca calidad técnica y escaso cuidado con los valores que se difunden

Series de dibujos animados

  Hay muchas buenas. Las elegidas por CONSUMER como mejores han sido Micky Mouse, Tom y Jerry y La pantera rosa. El ratón Micky además de su gran calidad, define un estilo y parece gozar de carácter imperecedero. Tom y Jerry: Extraordinaria calidad de diseño y animación. La serie se acoge a las reglas de la animación: hagan lo que se hagan el uno al otro, nunca pasa nada. La víctima resucita en el acto. No hay heridas, ni sangre, ni muerte. Sus actos carecen de repercusión y no hay culpables. La Pantera Rosa representa la sutileza del equívoco y el ingenio. Además, posibilita distintos niveles de lectura.

Entre las series de dibujos menos aconsejables, citemos a Pokemon, Pesadillas y Power Ranger. En el transcurrir de Pokémon, los niños tienen que elegir, inevitablemente, entre dos modelos de identificación, a cual peor: los propios Pokémon o sus dueños. Suelen identificarse con los bichitos, que han de obedecer las órdenes, cargadas de agresividad, de sus amos. Los niños terminan asociando a los amos con sus padres y profesores. Y pueden vivir con terror el paralelismo de las peleas entre los Pokémon y su violenta necesidad de competir para complacer a los mayores.

Series de imagen real

Las que CONSUMER ha estimado como mejores series, tras aplicar sus criterios de calidad técnica y de trasmisión de valores, son La familia Addams (optimista, desmitifica con gracia el miedo y sus símbolos y tiene mucho humor. Y reír es muy sano) y Pippi Calzaslargas, que basada en la mejor tradición literaria y de producción compleja, gusta mucho a los niños, que toman a Pippi como modelo y, cuando termina el espectáculo, vuelven a ser ellos mismos e incluso quizá un poco más libres, alegres y ocurrentes.

Exceptuando las dos anteriores, casi todas las series son mediocres, cuando no malas. Entre las menos interesantes, destacan Nada es para siempre, Al salir de clase y Nikita, todas juveniles. Las dos primeras mantienen un paralelismo: dramáticos de una hora de duración y soporte vídeo. Guiones en los que el talento brilla por su ausencia, con unos jóvenes que viven historias inverosímiles. Los diálogos son irreales, los protagonistas nada convincentes y, en general, las series resultan poco creíbles. Y los modelos que se proponen a los niños son frívolos y superficiales. Nikita es diferente. Filmada en soporte cine, tiene medios y recursos técnicos. Bien realizada, su acción es constante.

La ambigüedad ética -los buenos son tan malos como los malos- y el tratamiento a la figura de la mujer, la convierte en poco recomendable. Además, prevalece una nítida violencia física y psicológica entre los personajes que aparecen. En realidad, los guiones se ajustan a lo que se pretende: Nikita es la adaptación de un cómic de corte erótico.

Otros productos de interés:

Son animaciones corpóreas como Pingu o Tinc. También está Barrio Sésamo. Diferentes técnicas en todos ellos, difíciles de precisar en algún caso porque el cine nos ofrece 3D, y los ordenadores nos seducen con imágenes casi virtuales. Destacamos a Pingun, una familia de pingüinos a caballo entre la falta de intencionalidad -se podría decir pureza- de cualquier animalito y el ingenio y la creatividad -la búsqueda de recursos - de la inteligencia humana. Parecen hechos con plastilina y movidos fotograma a fotograma en un soporte cinematográfico. Los checos fueron maestros en este arte y quizás sea obra de un checo, pero el producto es suizo. Bonito, estimulante y entretenido para los pequeños.

También ofrece otros valores. Los pingüinos que protagonizan la serie no hablan. Se comunican por medio de ruidos y gestos muy expresivos. Internet proporciona productos complementarios para aprender a leer y escribir.

Consejos para los padres

  • El tiempo que los niños dedican al televisor debe controlarse, pero no reloj en mano sino estudiando la programación. Seleccionar los programas por su calidad, por el interés de los contenidos o por la satisfacción del niño, dejándole elegir si tiene la edad o criterio suficientes.
  • Los niños no deben ser espectadores solitarios, al menos no siempre.
  • Los padres se deben informar sobre lo que ven sus hijos. Y argumentarles, con paciencia y razones convincentes, de por qué un programa es adecuado para ellos o no. Y si ven emisiones o escenas que consideramos inadecuadas (por la razón que sea), lo mejor es acompañarles: así podremos responder a sus dudas o hacerles comentarios sobre lo que están viendo.
  • Proporcionemos a los niños lecturas, actividades, juegos, diálogo familiar, la posibilidad de estar con amigos... como alternativa al uso indiscriminado de TV.
  • En el dormitorio de los niños no debe haber TV.
  • Prediquemos con el ejemplo, y hagamos un uso sensato de la TV. Leamos, dediquemos tiempo a escuchar a los hijos, a hablar y jugar con ellos. Con la TV apagada, por supuesto.
  • No mantengamos conectado el televisor cuando los niños comen, juegan o estudian. Ni para que concilien el sueño.
  • La TV no debe entrar en el mecanismo de premios o castigos.

Para enjuiciar y seleccionar los programas:

  • Si se trata de ficción- una película o una serie de dibujos animados o de imagen real-, habrá que analizar la historia que se cuenta, el tema que trata, su desarrollo y su acción dramática. También, la calidad desde el punto de vista de la imagen. Y, por último, la cantidad y calidad de la publicidad que acompaña a los programas infantiles. En cuanto a los contenidos, fijémonos cómo son los personajes. Analicemos su comportamiento: ¿Es violento o agresivo? ¿Amable y tolerante? ¿Sexista? ¿Evidencia actitudes discriminatorias? Y la reacción que nos produce y el modelo de identificación que se propone. Puede hacerse idéntico recorrido con respecto a la publicidad. Conviene comentar con los niños -sin excesos de rigor, y de una forma amable- las conclusiones que hemos sacado, invitándoles a que ellos también las hagan, porque la TV debe verse de forma racional y crítica y ello requiere un cierto aprendizaje.

La TV abre una gran ventana al mundo y es una inigualable (por cómoda y barata y por su universal implantación) herramienta socializadora, informativa y de entretenimiento para los niños, siempre que sea bien utilizada. Y siempre que existan programas infantiles interesantes, divertidos y no contradictorios (al menos, no con la frecuencia detectada en este informe) con el sistema de valores que intentan trasmitir padres y educadores. Y que no propicien el deterioro del lenguaje o reduzcan la expresividad de los pequeños ni inciten al consumismo más desaforado y frustrante. Hay, al respecto, responsabilidades que competen al emisor, a las cadenas de TV y sus profesionales. Veamos algunas cosas que podrían hacer mejor: Las cadenas de televisión deben poner más interés y cuidado en la calidad general de los contenedores, como Club Megatrix o Club Disney, más atención en los guiones de cosido entre programas, y utilizar un lenguaje menos precipitado, más elaborado y correcto. Y dirigir mejor a los presentadores.
Y diferenciar bloques independientes, de series y programas, dentro de los contenedores, uno para cada etapa: preescolar, infancia y adolescencia.
La publicidad (y los anuncios de promoción de programas para adultos) debe respetar la edad, mentalidad y necesidades de la audiencia infantil. Y diferenciarse de la programación con una cortinilla o rótulo que la identifique como lo que es, mera publicidad. No debería existir publicidad dentro de los programas.
La calidad técnica y estética de las series, sean de animación o de imagen real, debe mejorar y cuidarse más, al igual que el interés de los contenidos y su riqueza en valores. El mercado ofrece producción de calidad superior a lo que se programa en nuestras televisiones.
Las series de dibujos deberían alternarse con las de imagen real de forma equilibrada, teniendo en cuenta la intensidad y la velocidad de las imágenes, cuidando el ritmo para dar respiro al espectador.
Frenar y controlar la violencia gratuita o su trivialización, y la incitación (por muy indirecta que sea) al racismo, la xenofobia, la discriminación del diferente o el sexismo.
E impulsar valores como la amistad y las relaciones humanas, la solidaridad, la paz, el optimismo, la tolerancia, el humor, la generosidad, la creatividad, la cultura...

Lo que debería aportar una buena programación infantil

  • Enseñar a fijar la atención en personajes y hechos concretos.
  • Facilitar conocimientos.
  • Desarrollar el sentido espacial de los niños.
  • Proporcionar información sobre el mundo y la vida en otros lugares.
  • Poner en contacto a los niños con grupos étnicos diferentes.
  • Estimular su interés intelectual y su curiosidad científica.
  • Despertar emociones en el ámbito de la estética.
  • Remitir a otros medios como la lectura y la radio para lograr una educación multimedia.
  • Dar una baraja de opciones respecto a los estereotipos sociales.
  • Mejorar el concepto que puedan tener respecto a los diversos grupos que configuran una sociedad pluralista.
  • Educar en la convivencia pacífica y democrática.
  • Cambiar actitudes delictivas o comportamientos del mismo género como los violentos.
  • Fomentar el respeto hacia sí mismo en grupos oprimidos o minoritarios.
  • Dar una imagen positiva de la vida.
  • Educar en valores estéticos y sociales, socializando con arreglo a dichos valores. Es posible que no todas las familias tengan idénticos criterios respecto a este tema, por lo que a través de la televisión se deberían dar diferentes posibilidades al respecto, así como en lo que atañe a los modelos sociales.
  • Despertar la imaginación remitiéndoles a mitos y fantasías constructivas, a grandes ideales y a héroes benéficos y positivos.
  • Aportar un lenguaje completo, no sólo diálogos banales, fórmulas y muletillas.
  • Podría - si se emitieran programas educativos - mejorar la educación de aquellos niños que atraviesen por cualquier situación de desventaja.
  • En conjunto, se podría lograr - si no hubiera tantos intereses económicos - que los pequeños telespectadores fueran críticos activos en vez de ser meros consumidores pasivos de imágenes, de consumo inmediato, de usar y tirar que, sin embargo, como está comprobado, se mantienen en los lugares más profundos de la memoria.

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