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Anorexia y bulimia nerviosas: Valorarse a uno mismo y aprender a comer, las claves

Los trastornos de la conducta alimentaria, concretamente la anorexia y bulimia nerviosas, han estado presentes a lo largo de la historia, pero es en nuestros días cuando existe una mayor preocupación respecto a ellas, debido a su cada vez mayor frecuencia.

  El modelo actual de belleza impone un cuerpo cada vez más delgado y el mercado se encuentra invadido por infinidad de productos dietéticos, que generan grandes beneficios económicos a costa de volver a muchas personas esclavas de su cuerpo. Estos problemas afectan mucho más a mujeres que a hombres (90% frente a un 10%), y sus repercusiones son muy graves. Se estima que el 4% de las mujeres adolescentes y jóvenes muestra algún tipo de trastorno de la conducta alimentaria, y el 20% de este sector de la población aparece como "grupo de riesgo". Además, la anorexia y la bulimia se presentan en edades cada vez más precoces o en edades medias en mujeres adultas. Por todo ello, los especialistas destacan la importancia del diagnóstico precoz, para prevenir y actuar adecuadamente antes de que la enfermedad se desarrolle.

Anorexia, deseo desmedido de adelgazar

La anorexia nerviosa no sólo consiste en dejar de comer por miedo a engordar, también supone no gustarse a uno mismo, no aceptarse como persona. Se asocia la delgadez a la búsqueda de la perfección y de la felicidad, por ello, las personas afectadas limitan la cantidad de alimentos que ingieren. Cuando la enfermedad ya está avanzada se produce una distorsión de la imagen corporal: la persona se ve gorda aunque no sea así.

Generalmente, se trata de personas introvertidas que tienden a aislarse. Los periodos de semiayuno y actividad intensa se entremezclan con periodos de 'atracones', seguidos de vómitos autoinducidos; se emplean productos adelgazantes, laxantes y diuréticos, o se hace ejercicio excesivo, lo que conduce a un gran deterioro físico y orgánico.

Bulimia, obsesión por la comida y el peso

La bulimia nerviosa afecta a personas inseguras, que no se sienten satisfechas consigo mismas y se obsesionan por la comida y el peso corporal. Los enfermos de bulimia comen grandes cantidades de alimentos en un espacio corto de tiempo (atracones), tras lo cual adoptan mecanismos compensatorios: vómitos o purgas e hiperactividad, con intensos sentimientos de culpabilidad y autodesprecio; un círculo vicioso difícil de cortar, pero no imposible.

Puede desencadenarse por diferentes motivos pero destacan entre ellos los estados emocionales adversos, las dificultades en las relaciones y la sensación de hambre debida a las restricciones en la alimentación practicadas durante el día. La edad de inicio suele ser más tardía que en la anorexia. Los atracones y vómitos se producen a escondidas, la persona lleva una doble vida. Es común el uso de laxantes, diuréticos y productos adelgazantes. Existe un fuerte temor a no parar de comer de forma voluntaria y poca capacidad para controlar los impulsos, lo que a veces ocasiona problemas con el alcohol, las drogas y la conducta sexual. Al contrario de lo que ocurre con la anorexia, el aspecto de los afectados de bulimia parece saludable : el peso es normal o incluso hay sobrepeso, de modo que resulta difícil detectar el trastorno exteriormente.

Causas de la anorexia y de la bulimia

Las causas son, en ambos trastornos, tan múltiples y variadas como enfermos las padecen, sin embargo, el 80% de los casos aparece cuando se comienza una dieta de adelgazamiento sin ningún tipo de control profesional. También se relaciona su inicio con la no aceptación de los cambios corporales durante la adolescencia, con un incremento rápido de peso, con cambios importantes en la vida, con complejos referentes al físico, con problemas de relación... Respecto a factores relacionados con la alimentación, es necesario huir de las dietas sin control profesional, dedicar tiempo a hablar sobre la gordura o la delgadez, evitar la anarquía en horarios y comidas y aparcar los conflictos emocionales en torno a la alimentación (a veces, las principales comidas se convierten en auténticas batallas campales que pueden crear rechazo hacia los alimentos).

Graves consecuencias

En situaciones límite de anorexia y debido a la pérdida de peso y al gran desgaste físico, se dan estados de máxima desnutrición, caída del cabello, piel seca y amoratada, uñas quebradizas, alteraciones hormonales que producen amenorrea (la regla desaparece), alto riesgo de osteoporosis y lanugo (vello fino por todo el cuerpo), insomnio, hipotermia (se siente frío incluso en verano), estreñimiento y saciedad precoz, bradicardia (disminuye el número de latidos por minuto del corazón), bajadas de tensión arterial, arritmias, posible paro cardiaco e incluso la muerte (5-10% de los casos).

En la bulimia los vómitos producen aumento del tamaño de las glándulas salivares, desgaste del esmalte dental, caries, daños en encías y paladar, inflamación de la garganta, gastritis, vómitos de sangre, reflujo y ardores, deshidratación e hipokaliemia (bajos niveles de potasio en la sangre que pueden producir debilidad muscular, temblores, arritmias y, en casos extremos, fallo cardiaco). Si los atracones y vómitos son severos, puede haber desgarramiento esofágico y ruptura gástrica en el peor de los casos. El abuso de laxantes produce diarreas, dolores abdominales, cólicos, intestino perezoso y mala absorción de ciertos nutrientes. Si se emplean diuréticos, se intensifica el riesgo de deshidratación y de pérdidas de potasio, con consecuencias más o menos graves.

Tratamientos de los trastornos de la conducta alimentaria

Debido a su origen multicausal, la terapia debe incluir medidas encaminadas a resolver las posibles complicaciones orgánicas, un plan de recuperación de peso en caso necesario, psicoterapia personal y/o familiar, y en algunos casos, medicación. El tratamiento puede ser ambulatorio o, si la enfermedad está muy avanzada y necesita intervención drástica, hospitalario.

Desde el punto de vista dietético y nutricional, los objetivos del tratamiento en caso de anorexia nerviosa son detener la pérdida de peso y cubrir las necesidades nutricionales mínimas de la persona. Se ha de aportar, de forma progresiva, una mayor cantidad de alimentos básicos, hasta alcanzar el nivel adecuado considerando la edad, sexo, talla y peso real al inicio del tratamiento. Paralelamente, deben reestructurarse los hábitos alimentarios, de manera que su dieta sea completa, equilibrada y bien distribuida a lo largo del día. Los alimentos a incluir en el menú deben establecerse con arreglo a lo que la persona ingiere espontáneamente, aumentando su variedad y cantidad según la tolerancia y la evolución, por lo que la motivación y disposición del enfermo para aceptar las orientaciones dietéticas son esenciales. Los cambios en la alimentación deben realizarse despacio, con tiempo para que se asienten los cambios psicológicos necesarios para aceptar el incremento de peso. La mejora del peso es un índice de evolución favorable, aunque a veces el paciente se intranquiliza si observa que es muy rápido, en especial al principio del tratamiento.

Por ello, debe explicarse que ese aumento inicial procede de la rehidratación y no de una acumulación de grasa; esta aclaración evita que la persona se angustie. Los cambios en la alimentación deben de hacerse con prudencia. No es una actitud sensata presentar platos abundantes, porque los rechazarán. La introducción de alimentos inicialmente rehusados debe ser paulatina. Resulta imprescindible enseñar de nuevo a comer, procurando abandonar la creencia de que todo engorda.

En personas con bulimia, el control de peso se convierte en un objetivo secundario, el objetivo primordial será el control de las crisis. Se ayudará a la persona a adquirir hábitos adecuados en todo lo que concierne a la conducta alimentaria: fijar horarios regulares de comidas, establecer al menos 3 ó 4 comidas al día sin omitir ninguna y dedicarles el tiempo necesario, y evitar siempre las dietas estrictas y los periodos largos de tiempo sin tomar ningún alimento.

La aportación a nuestra dieta de cada grupo de alimentos

  • Leche y derivados: importantes para el mantenimiento de huesos y dientes Carnes-pescados y huevos: forman parte de tejidos (músculo, huesos...) y órganos
  • Cereales, patata y legumbres: aportan la energía necesaria para realizar las funciones vitales (bombeo del corazón, respiración, mantenimiento de la actividad corporal) y para el movimiento muscular (actividad física)
  • Verduras y frutas: contienen sustancias que regulan el funcionamiento del organismo y otros elementos promotores de la salud
  • Grasas: se trata de sustancias que el organismo por sí solo no puede producir y que necesariamente ha de obtener de la alimentación; aportan energía de reserva.

Orientaciones sobre hábitos de alimentación saludables

  • Variar al máximo la alimentación, e incluir alimentos de todos los grupos básicos
  • Distribuir la alimentación en tres comidas principales (desayuno, comida y cena) y no saltarse ninguna, sin olvidar incluir alguna colación a media mañana o como merienda
  • Respetar los horarios de comidas de un día para otro
  • Comer poco a poco, masticar bien, en ambiente relajado y sin interferencias (TV, ruidos, etc.) y a ser posible en compañía de amistades o familia
  • Hacer de las principales comidas un momento de encuentro y convivencia agradable
  • Incluir en la dieta diaria lácteos (0,5 l. leche y/o derivados), verduras (a ser posible una cruda en forma de ensalada) y frutas (2 piezas mínimo, una de ellas cítrica o rica en vitamina C: fresas, kiwi...), y durante la semana, consumir con igual frecuencia pescado y carne, un máximo de 5 huevos, y arroz, pasta, legumbre y patata 2 ó 3 veces.
  • Se recomienda ingerir ocasionalmente o en pequeñas cantidades otros alimentos, como embutidos, dulces, bollería y repostería, snacks, bebidas azucaradas, etc.

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