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Ignasi Carreras, Director General de Intermón: "La solidaridad intenta cambiar lo que provoca la marginación y la pobreza"

 Ignasi Carreras es el Director General de Intermón, una ONG de ayuda al desarrollo y a la cooperación con los países del Tercer Mundo y miembro a su vez de Oxfam Internacional, principal organización de desarrollo del mundo. Ignasi Carreras lleva más de 20 años en el mundo de la solidaridad.

Comenzó con estos temas en su Barcelona natal ayudando a colectivos marginados. Se incorporó a Intermón en 1988 y, desde 1995, es su Director General. Intermón tiene como objeto la erradicación de la pobreza en los países del Sur, proporcionando los medios para que consigan su propio desarrollo. Esta ONG cuenta con más de 150.000 socios y colaboradores en nuestro país y desarrolla 600 proyectos en 35 países de África, América e India. Carreras asegura que la solidaridad "necesita personas motivadas, preparadas y con mucha disponibilidad de tiempo". Para este ingeniero industrial, "es necesario que la profesionalización en la gestión de la solidaridad vaya siempre ligada a la eficacia y a la mejora de los resultados".

¿Somos en España más solidarios con el Tercer Mundo que con los marginados que viven cerca de nosotros?

Lo difícil es ser solidario todos los días, pero es verdad que actualmente las personas están más motivadas para apoyar situaciones dramáticas en otros países que en el suyo propio. Hace 15 años, la mayoría de los que nos dedicábamos a este mundo estábamos en asociaciones que luchaban contra la pobreza en España. Ahora, la coyuntura económica ha mejorado y la gente ve más necesidad en el exterior, aunque a veces esto no sea exactamente así. Fue a partir de las grandes crisis producidas por la sequía en África, en concreto en Etiopía y Somalia, y gracias a un apoyo mediático, cuando surgió este boom de las ONG que actuaban en el Tercer Mundo. Sin embargo, una persona solidaria debe ser coherente en su actitud social, aquí y allí.

¿Cuál es la valoración de Intermón sobre los acuerdos de Seattle (Estados Unidos) respecto de la globalización del comercio mundial?

Nos encontramos en un mundo globalizado, sobre todo a nivel económico. Esto por definición no es bueno ni malo, depende de cómo beneficie o perjudique a las personas. Nosotros creemos que la globalización perjudica a los países pobres, pero no sólo lo afirmamos nosotros, sino que hasta Bill Clinton ha dicho lo mismo en la conferencia de Davos. La globalización amplía el desequilibrio entre los países y el comercio se convierte cada vez en menos equitativo para los países del Tercer Mundo. Si los estados industrializados no han corregido esta tendencia durante los años de bonanza económica, difícilmente lo van a conseguir cuando lleguen tiempos peores. Lo que ocurrió en Seattle fue que una serie de cuestiones propugnadas por los países ricos no prosperaron. Se pudieron escuchar las voces de los países pobres, y eso nos satisface. En Seattle expresaron sus problemas desde un campesino del altiplano de Bolivia hasta un refugiado angoleño. Nosotros pensamos que debe haber una Organización Mundial del Comercio porque si no, volveríamos a la ley del Oeste o de la jungla. El problema es a quién tiene que servir esta organización, a los que ya tienen mucho o si tiene que promover ese ansiado comercio con y de los países subdesarrollados.

Pero, ¿qué se puede hacer para romper esa tendencia tan perjudicial para el Tercer Mundo?

Nosotros intentamos presionar a los gobiernos y a los organismos internacionales para que el comercio sea cada vez más justo, aunque sabemos que no lo tenemos fácil. Pero, ¿qué se puede hacer cuando en estos momentos hay 125 millones de niños y niñas que no acuden a la escuela y 250 millones que sí lo hacen, aunque lo dejarán antes de que aprendan a leer y escribir? Y todo ello conviviendo con 900 millones de analfabetos. Esas personas no van a poder acceder a Internet ni a otras posibilidades que abre el mundo actual. Si no invertimos en mejorar este mundo cada vez más globalizado, estamos creando un mundo más dividido.

¿Cuál es el grado de colaboración de la sociedad española con las ONG?

Hemos avanzado mucho en los últimos diez años. Por ejemplo, nosotros tenemos hoy más de 150.000 socios y colaboradores regulares. Antes, la gente respondía muy bien a las situaciones de emergencia pero luego no se convertía en colaborador habitual. Aún así, si comparamos el caso de España con el del resto de los países europeos estamos por debajo, tanto a nivel de voluntariado estable como en la cuantía de la contribución por ciudadano, aunque el crecimiento anual es superior al de estos países. En otras palabras, nos encontramos por debajo porque empezamos mucho más tarde. Hace 20 años, nos hallábamos en plena transición democrática y los problemas eran otros. Esa coyuntura frenó el impulso de las ONG. En cuanto a la colaboración actual, nos emocionamos cuando decimos que España es el país que más ha colaborado en los desastres de Centroamérica, pero olvidamos que por nuestros telediarios y bolsillos han pasado desapercibidos otros desastres como el de Orisha, en India. Ayudamos más a lo que sentimos más próximo. Pero en definitiva, nos tenemos que sentir satisfechos: la sociedad española es cada vez más partícipe en cuestiones de cooperación internacional.

¿Cuál debe ser la relación entre la Administración y las ONG?

En primer lugar, los ciudadanos queremos que las diferentes administraciones funcionen y los partidos políticos promuevan cuestiones que de verdad interesen y afecten a esos ciudadanos. Las ONG deben ser un ingrediente fundamental de la sociedad civil, y al mismo tiempo que desarrollan actividades propias deben exigir a la Administración y a los partidos políticos que realicen las suyas respetando a las personas.

¿Cree usted que las ONG sustituyen, en cierto modo, a los partidos políticos en la función de representar al conjunto de la sociedad?

Tanto ONG como partidos políticos tienen su propio ámbito de actuación, aunque puedan colaborar en muchas cosas. Pero yo tengo claro que para que los partidos lleven a cabo iniciativas que beneficien a la gente tiene que haber una sociedad civil que no sólo vote, sino que conozca lo que se hace y exija responsabilidades. Por ejemplo, nosotros criticamos al Gobierno español por la manera en que ayudó a Centroamérica cuando el huracán Micht la arrasó. En esta ayuda había demasiados créditos (dos tercios del total) que han provocado una mayor deuda externa. Además, esa ayuda no se ha destinado a las personas más necesitadas, sino que ha ido a parar a zonas con intereses de las empresas exportadoras españolas. Esto provocó que un año después del Micht sólo se hubiera ejecutado el 4% de la ayuda, y no precisamente en las zonas más afectadas.

Según la encuesta de CONSUMER sobre las ONG, uno de cada cuatro ciudadanos creen que estas organizaciones se quedan fraudulentamente con parte del dinero solidario que gestionan, ¿cómo podría demostrarse la honradez de las ONG?

Siempre me he preguntado si esta es una excusa para no colaborar con las ONG, pero supongamos que no lo es. Las ONG llevan una larga trayectoria realizando labores de ayuda y de cooperación y el número de escándalos ha sido mínimo. Si Intermón y otras organizaciones tienen tantas personas que colaboran con ellas es porque confían en nuestro trabajo y porque reciben la suficiente información de que su dinero está bien aprovechado. En concreto, nosotros somos auditados cada año desde 1986 por una empresa externa. Además, podemos ser auditados por los organismos públicos que nos dan dinero, y lo más importante, recibimos mensualmente el apoyo de nuestros colaboradores que desaparecería, desde luego, si vieran algo sospechoso. Dependemos absolutamente de la confianza de la gente, que se consigue a lo largo de los años y que se puede perder en una semana. Es cierto, y somos conscientes de ello, que un escándalo en una ONG afecta directamente a la imagen del resto de las ONG.

¿Qué se debe hacer en los países desarrollados con respecto al trabajo infantil en los países pobres?

Este es un tema muy fronterizo y matizable. Hay niños que van al colegio y después ayudan a sus padres a obtener más ingresos trabajando en actividades agropecuarias; esta, de momento, no es nuestra prioridad. La verdadera lacra es que el trabajo infantil hipoteque la futura vida (salud, educación, vivir con su familia...) de un niño o niña. Hay más de 100 millones de niños que viven en condiciones de extrema dureza provocadas por el trabajo infantil. Eso es lo que nosotros denunciamos, por ejemplo, con la Marcha contra el Trabajo Infantil que organizamos a nivel mundial el año pasado. Las formas extremas de trabajo infantil son como la pescadilla que se muerde la cola: al vivir las familias en una lacerante pobreza, necesitan cualquier ingreso y aceptan que sus hijos trabajen en condiciones infrahumanas sin que reciban educación alguna. Al renunciar a la educación académica de sus hijos, éstos nunca podrán salir de la pobreza y lamentablemente se volverá a repetir el ciclo.

¿Y cómo se puede romper ese círculo vicioso?

Para mejorar esta situación, en Intermón hacemos hincapié en dos factores: por un lado, el comercio justo y el consumo responsable (que la gente tenga un salario que le permita vivir dignamente y que nosotros aquí adquiramos esos productos elaborados en condiciones de justicia); y por otro, la educación. Los países ricos deben invertir en educación el dinero de la condonación de la deuda externa, y los pobres deberían destinar mayores partidas a la educación y menos a otras, como el armamento. Si conseguimos eso, muchas más personas podrán acceder a una educación y a condiciones dignas de vida. Además, hay que evitar las medidas proteccionistas de los países ricos para que los países subdesarrollados puedan colocar sus productos en nuestros mercados. En este aspecto, hay una cifra impresionante: el dinero que dejan de ingresar los países del tercer mundo por medidas proteccionistas comerciales es 14 veces superior a la ayuda oficial que los países ricos destinan al desarrollo de esos mismos países pobres. Un dato que nos debe hacer reflexionar a todos.


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