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Manuel Delgado, profesor de antropología y escritor: "La fiesta social y el intercambio de regalos caracterizan a la Navidad"

 Manuel Delgado es profesor de antropología de la Universidad de Barcelona y escritor. Entre otras obras, es autor de De la muerte de un dios, La ira sagrada y Las palabras de otro hombre. Con su último libro, El animal público, consiguió el Premio Anagrama de Ensayo. Manuel Delgado se explica, en sus ensayos, con gran claridad a la hora de definir esos sinuosos conceptos que se refieren a las relaciones entre personas. CONSUMER le ha preguntado sobre cómo nos comportamos en Navidad y sobre qué piensa ante la llegada del inminente año 2000.

Telegráficamente, Manuel Delgado cree que lo que se celebra en estas fechas, la sociabilidad, no es exclusivo de nuestro entorno occidental ya que en todas las culturas del mundo existe una época del año en la que la gente se dedica a relacionarse más, a divertirse y a intercambiar regalos. En cuanto a la llegada del 2000 (y para algunos, del nuevo siglo y milenio), este pensador ve normal que lo celebremos un poco más intensamente, por el carácter de irrepetible y simbólico que tiene tanto cero seguido.

Considera este escritor que a todos nos hace ilusión ser testigos de este paso de milenio, y no cree que el ambiente de expectación que se respira ante este hecho responsa a una mera campaña mercadotécnica para vender más cava o viajes caros y exóticos en Noche Vieja.

¿Desde el punto de vista de un antropólogo, un estudioso de la evolución del ser humano, cuáles son las características de la Navidad actual?

Durante estas fechas parece que la gente celebra algo, pero la realidad es que la Navidad se convierte en un signo de intercambios (regalos, favores, etc.) que, además, propicia una aceleración de las pautas de relación. Se restablece momentáneamente esa relación de amistad que se había perdido un poco o totalmente, y, por supuesto, se estrechan los lazos familiares. Una de las características definitorias de la Navidad es que se intensifican las relaciones entre los amigos y la familia. Otra es el intercambio de regalos que, sin embargo, no es un hecho exclusivo de nuestra sociedad. Todas o casi todas las culturas del mundo disponen de un periodo del año en que esto sucede; quizá el caso más paradigmático sea el de los indios de Vancouver (Canadá), en cuyas fiestas el intercambio de regalos y la destrucción festiva de bienes son generalizados; en otras palabras, que tiran la casa por la ventana. La misión del rito es la misma que entre nosotros: estrechar lazos entre las persopnas intercambiando regalos, e iniciar un ciclo nuevo. Por lo tanto, es falso que la Navidad (lo que se hace en ella) sea específica de nuestra cultura. Podríamos definirlo como algo universal.

¿Qué celebra realmente en Navidad la sociedad occidental?

No sé si la sociedad es consciente de que celebra algo, para mí lo que celebra verdaderamente es la sociabilidad. Luego, existe una historia (en este caso, el nacimiento de Jesús) que arropa y legitima esa sociabilidad. Creo que lo fundamental que se celebra en Navidad es la vida bajo el signo del Alfa (el comienzo) y el Omega (el final). Más en concreto, es un culto a la vida social. A posteriori, las culturas añaden lo religioso o lo místico, pero antes está lo social.

Los ritos y los símbolos de la Navidad cada vez se van uniformizando más ¿es algo por lo que debemos preocupar, es otra forma de invasión cultural?

Efectivamente, es así. Sin embargo, tiene aspectos positivos por la vía de la compensación. Me explico: la famosa y terrible invasión hollywwodiense que tanto nos acecha y llena nuestros hogares de Santa Claus y de fiestas de Halloween activa a su vez en nosotros un resorte que hace que nuestras tradiciones vuelvan a ocupar un lugar en estas celebraciones. Por ejemplo, en Cataluña, el cagatió (muñequito que cumple con sus necesidades fisiológicas en el Belén) se ha recuperado como símbolo navideño, en clara respuesta a esa supuesta invasión del maligno norteamericano. La mundialización siempre suscita reacciones vengativas por parte de la tradición, hasta que se equilibran las fuerzas. Me imagino que en otros lugares de España sucederá lo mismo. Por tanto, es posible que se pierdan los Reyes Magos ante el poderoso Santa Claus o el Belén ante el árbol, pero no hay que olvidar que esas tradiciones también fueron importadas en su momento, al igual que sucedió en USA con Santa Claus: de algún lugar del mundo la tomarían. Además, la Navidad, tal como la celebramos hoy, no tiene más de un siglo de antigüedad. No debe preocuparnos, por tanto, que se incorporen otras tradiciones, lo importante es que se mantengan los regalos, el intercambio y que se fomente la relación social.

¿La Navidad se está convirtiendo en una época del año en la que sólo importa consumir y en la que el consumidor no es sino una víctima de la presión publicitaria?

Este es un tópico que los nuevos puritanos de este fin siglo insisten en mantener y transmitir. La Navidad tiene una función social y su característica fundamental es la fiesta. Y, precisamente, funciona porque uno se divierte. La gente consume porque le da la gana y porque encuentra satisfacción. Nadie fuerza en realidad a las personas para lanzarse a un consumo desorbitado. Además, en Navidad la mayoría de la gente compra cosas no para quedárselas sino para regalarlas o para compartir en la mesa con familiares y amigos. Decir que a la masa se le come el coco para que consuma es pensar que las personas son autómatas e idiotas, y que por tanto hay que decirles lo que tienen y no tienen que hacer. Como digo, son las nuevas ideas puritanas que nos acechan.

¿Es la llegada del nuevo milenio una gran operación de marketing que puede frustrarse por el temor al efecto 2000?

En cuanto al efecto 2000, creo que más que otra cosa es una campaña mediática y tengo una teoría propia: cuando se habla hasta la saciedad de un tema en los medios de comunicación, éste se trivializa, convirtiéndose en una tontería. Creo que el efecto 2000 es una especie de montaje que crean los medios artificiosamente para llenar huecos de información y para venderse. Es como cuando se habla previamente al encuentro, y hasta el aburrimiento, de un Barça-Madrid como "el partido del siglo" para que luego no suceda nada que no ocurra en otro partido, y ni siquiera el resultado sea especialmente decisivo. Con el efecto 2000, ocurre lo mismo. Naturalmente, con tanta insistencia mediática algunas personas comienzan a mostrar temores ante la supuesta fecha problemática y acapararán dinero y comida, por lo que pueda ocurrir. La llegada del año 2000 va a ser algo irrepetible a lo largo de una vida, y por ello la gente está ilusionada. Si una persona celebra todos los años su cumpleaños, cómo no va tener un poquito más de ilusión por festejar un cambio de milenio que por suerte le ha tocado vivir. Por eso, no creo que nuestro comportamiento y expectativas se expliquen por una simple campaña de marketing para consumir más cava o para disfrutar del cambio de año en un destino exótico. Existe un hecho cierto: la llegada del año 2000, como hace unos meses fue el último eclipse del milenio, y la gente no quiere perderse el acontecimiento y lo celebrará en consonancia. Al final, es lo mismo de siempre: la fiesta social. El marketing, afortunadamente, viene después.

¿Estas fechas son propicias para que la religión recupere su protagonismo, o lo que usted llama la actualidad de lo sagrado?

Yo creo que no. Falta menos de un mes, y la gente no va más a misa porque esté próximo el cambio de milenio. No hay que confundir este cambio con el milenarismo. Los movimientos milenaristas pronostican el fin del mundo o la llegada del apocalipsis en fechas que nada tienen que ver con el final natural de un milenio. Hemos visto cómo han ido sucediéndose las fechas de diversas profecías que pronosticaban el fin del mundo y no hay ninguna prevista para el 2000. Podemos estar tranquilos.


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