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La importancia que el ser humano concede al agua desde la más remota antigüedad hizo que en las primeras teorías acerca de la constitución de la materia se considerara, junto al fuego, la tierra y el aire, el elemento indispensable en la formación de los cuerpos.
Las reservas de agua en la Tierra se mantienen desde entonces a niveles similares, tanto es así que si repartiéramos las actuales existencias entre los habitantes de todo el mundo, a cada uno nos correspondería el equivalente a unos 300 mil millones de litros. Pero, por desgracia, el 97% de este agua es salada, y del agua restante, el 95% permanece en estado sólido, en forma de hielo.
La insuficiencia de agua es hoy un problema casi generalizado en todo el globo terráqueo, cuando hasta hace relativamente poco tiempo esta carencia se consideraba exclusiva de las regiones más áridas y secas. Conforme pasa el tiempo, los países desarrollados se muestran cada vez más dependientes del agua. Pero, incomprensiblemente, las sociedades más avanzadas caen en una progresiva infravaloración de este elemento, lo que desemboca, en ocasiones, en un continuo derroche de este bien escaso. Un ciudadano europeo occidental gasta, directamente en su hogar e indirectamente a través de los servicios, la industria y la agricultura, más de 500 metros cúbicos de agua al año, mientras que un estadounidense supera los 1.000 metros cúbicos.
Por contra, el consumo en las zonas rurales de ciertos países subdesarrollados es de unos 15 metros cúbicos por persona y año. A esto debemos sumar que los consumos industriales de agua son cada vez mayores: de 80 a 1.000 metros cúbicos por tonelada de papel; de 60 a 300 metros cúbicos por tonelada de acero, y millones de metros cúbicos al año en la refrigeración de las centrales nucleares.
La escasez y la desigualdad en el reparto del agua exigen medidas tecnológicamente globales, que parece requerir de la actuación de un organismo internacional (hoy inexistente) que gestione, por ejemplo, un proyecto para la desalinización del agua marina a gran escala, en aras de abastecer los núcleos urbanos costeros de las zonas más áridas. Una política global también podría impulsar investigaciones sobre la posibilidad de controlar el ritmo y el volumen de las precipitaciones para provocarlas con medios químicos en las zonas donde sea necesario. O se podría plantear el transporte de icebergs hasta plantas potabilizadoras costeras, y un mayor aprovechamiento de los ríos en su desembocadura al mar y, sobre todo, una explotación eficiente de las aguas subterráneas, evitando su contaminación por filtraciones de productos de desecho. En fin, toda una serie de iniciativas a nivel planetario o de muchos países que exigen el nacimiento de una organización internacional que vele por el control y la potenciación de los recursos hídricos del planeta.
Agua contaminada es aquella que no se puede utilizar en una determinada función (agrícola, industrial o urbana) por la presencia de sustancias químicas, materias en suspensión u organismos vivos o muertos. O porque presenta una temperatura elevada o alguna forma de radiación. No obstante, el criterio de potabilidad del agua depende en mayor medida del uso al que esté destinada. Sin ir más lejos, las labores agrícolas no precisan una calidad del agua similar a la de los procesos industriales, ni éstos la misma que la del consumo humano. Sepamos también que una depuradora convencional no puede tratar y potabilizar cualquier tipo de agua. Los cianuros, el cromo y el plomo, por ejemplo, son sustancias cuya eliminación exige procesos especiales, de ahí su peligrosidad cuando se vierten directamente a un caudal de agua. En estos casos, sólo hay una solución: suspender temporalmente el suministro que procede del foco contaminado y esperar que el caudal arrastre las sustancias venenosas.
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