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La vendimia comenzó a mediados de setiembre y no finalizará hasta finales de este mes. Todos confían en que la cosecha ofrezca el mejor caldo de los últimos años, mientras las previsiones del Ministerio de Agricultura apuntan una producción de 39 a 40 millones de hectolitros entre mosto y vino, casi un 10% más que en 1998.
El clima (pocas lluvias en primavera y casi sequía en verano) ha favorecido que la uva crezca sin el castigo de tantas plagas com otros años. Recién recogidas las uvas, éstas se prensarán para que liberen el mosto, rico en azúcares fermentables (glucosa y fructosa). Las levaduras transportadas por el aire o adicionadas al mosto provocarán la fermentación, produciendo principalmente alcohol etílico y dióxido de carbono, que se liberará en forma de gas. Esta fermentación se interrumpirá normalmente cuando todos los azúcares se hayan transformado en alcohol y dióxido de carbono, o cuando la concentración de alcohol sea tal que impida que las levaduras sigan actuando sobre los azúcares, cuya proporción determina el grado de alcohol. Cabe indicar, en este sentido, que las uvas cultivadas en las regiones más frías tienen menos azúcares que las de terrenos cálidos y secos (la proporción oscila entre el 15% y el 30%), siendo la uva moscatel la más dulce de las 3.000 variedades que se producen en el mundo.
Respecto al aporte vitamínico, la uva, rica también en potasio, calcio y magnesio, es una de las frutas más enriquecedoras en vitamina B6, hasta el punto de que sólo se ve superada por frutas tropicales (aguacate, plátano, chirimoya, guayaba, piña y mango) y desecadas (higos y ciruelas).
Los beneficios de esta fruta para la salud se derivan, no obstante, tanto de sus componentes nutritivos como de otra serie de sustancias que ejercen numerosas funciones en el organismo y que se conocen como elementos fitoquímicos:
Las variedades de uva se clasifican atendiendo a su uso final. Las dedicadas a la elaboración de vino de mesa deben presentar una acidez relativamente alta y un contenido moderado en azúcares. Las uvas utilizadas en la elaboración de vinos dulces han de ser ricas en azúcares y algo ácidas. Las de mesa han de tener acidez baja y ser pobres en azúcares, así como cumplir ciertas normas en cuanto a tamaño, color y forma. Las destinadas a la preparación de jugos y jaleas destacan por su sabor intenso, acidez elevada y pocos azúcares. Y por último, las pasas más apreciadas son las de variedades sin semillas, de acidez baja y ricas en azúcares.
Lo ideal es buscar un lugar oscuro, fresco (entre 5°C y 12°C), relativamente húmedo y libre de vibraciones, aunque lo cierto que cada tipo de vino tienen su propia temperatura idónea de conservación. Por otro lado, los blancos se sirven fríos (entre 6°C y 12 °C); los rosados, entre 8°C y 10ºC; y los tintos, entre 18°C y 20 °C (los más jóvenes, a menor temperatura que los de crianza).
Lo importante es buscar la armonía entre platos y vinos (color, aromas, acidez...). Los vinos tintos, más ricos en taninos, se han considerado siempre adecuados para acompañar platos de carne, mientras que los tintos jóvenes del año se dan su mejor rendimiento en ensaladas de aliño suave en las que el vinagre no esté muy presente. Los blancos, más delicados, suelen servirse con mariscos, pescados y verduras de elaboraciones sencillas, sin vinagretas ni especias. Los rosados van bien con platos (verduras, arroces, pastas y aves) no muy condimentados. Los finos se combinan con aperitivos, quesos curados, y con platos con picante o gran presencia de vinagre. Los cavas y espumosos, si son secos, acompañan bien la mayoría de platos, salvo los de caza o los condimentados con pimentón. Y para los postres, siempre acertaremos con un vino dulce.
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