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Viajar a otras tierras, disfrutar de sus gentes, pasear por sus senderos, gastar lo prohibido... el verano se presta para ello y para otras muchas distracciones.
Resulta difícil no caer en la tentación de organizar un viaje acomodado a la economía familiar después de un año de trabajo, y más cuando las explotaciones turísticas han echado raíces en lugares paradisíacos que, no hace muchos años, estaban vírgenes y al único cuidado de sus pobladores. Sin embargo, la revolución turística no es siempre de color de rosa, a tenor de las consecuencias que ha tenido en algunos de estos lugares, en donde el impacto ha sido tal que, atestados ahora por miles de visitantes sedientos de descanso, poco o nada tienen que ver con lo que fueron en un pasado no muy lejano. El turismo se ha convertido en su base económica, pero, a cambio, han tenido que pagar un alto precio: una explotación incontrolada, cementación de las costas, pérdida de identidad y cultura, o una dependencia casi absoluta del sector turístico como fuente de recursos.
Ante este panorama, ha surgido el concepto de turismo sostenible o ecoturismo, una nueva definición de este sector que, con raíces en el marco medioambiental, invita a viajar y a visitar áreas naturales para disfrutar, apreciar y estudiar sus atractivos (paisaje, flora y fauna silvestre), así como cualquiera de sus manifestaciones culturales. Basado en los principios de la Declaración de Río de Janeiro sobre Desarrollo y Medio Ambiente y en las recomendaciones de la Agenda 21, estimula una fórmula vacacional favorable a la conservación de las tierras visitadas, con un bajo impacto ambiental y cultural, y que propicie, desde un punto de vista socioeconómico, la participación de las poblaciones locales.
El turismo es hoy, además de un fenómeno mundial, uno de los sectores de la economía que experimenta un mayor crecimiento. Las cifras de viajes al extranjero se han triplicado desde 1971 (de 179 millones a 613 millones), y la Organización Mundial del Turismo (WTO-OMT) pronostica un índice de crecimiento anual del 4,3% hasta el año 2020.
A pesar del aumento de los viajes de larga distancia, el turismo internacional se centra principalmente en los llamados países del norte, y prueba de ello es que Europa, con un 59% de los pasajes, y Norteamérica, con el 14% de éstos, suman cerca del 75% de los viajes internacionales. Y los cinco países que obtuvieron, el pasado año, los mayores ingresos por turismo fueron EE.UU., Italia, España, Francia, y Gran Bretaña. China ocupa ya el octavo puesto.
Las consecuencias del turismo se prestan a dos lecturas diferentes. En su vertiente positiva, cabe destacar que juega un papel importante en el desarrollo socioeconómico de muchos países, contribuye al intercambio cultural, y fomenta la paz y las relaciones entre los pueblos, creando una conciencia más global para el respeto a un amplio mosaico cultural y a las diferentes formas de vida de los países.
Sin embargo, no siempre se han cumplido las expectativas que se tenían del turismo como motor de desarrollo económico. Muchos países, sobre todo del Sur, apuestan por este sector como fuente de riqueza con la esperanza de obtener ingresos en divisas, nuevos empleos (también en otros sectores) y un equilibrio socioeconómico en todas sus regiones. Pero, con más frecuencia de la deseada, este intento resulta en vano porque el turismo, como actividad económica de temporada, reacciona con celeridad a los imprevistos: inestabilidad política, desastres naturales, epidemias, criminalidad... Estos factores, en combinación con la gran competencia con otros países, pueden provocar que la demanda de un lugar de destino caiga en picado de un día a otro.
A esto se une, en el terreno puramente económico, que a los ingresos por divisas turísticas (fuente fundamental de muchos países) hay que restar una suma considerable para la importación de los artículos necesarios precisamente para fomentar un turismo de calidad, un gasto que, en las regiones más apartadas y casi sin explotar, puede alcanzar hasta el 90% del total de las divisas. Esta circunstancia afecta especialmente a países pequeños, pobres y poco industrializados, como pueden ser las Islas del Caribe y del Pacífico, donde, además, la mayoría de los hoteles son propiedad de cadenas extranjeras.
No hay que olvidar tampoco que el turismo internacional tiene una clara influencia en el paso de las formas de vida tradicionales hacia un estilo más occidental.
Se estima que el turismo puede ser un instrumento de gran importancia para la protección del medio ambiente, ya que los ingresos que se obtienen sirven para ayudar a financiar la preservación de parques naturales y proteger regiones ecológicamente sensibles ante la implantación de usos alternativos perjudiciales. Además, y siempre que esté orientado hacia la ecología, puede enriquecer no sólo la educación ambiental del turista, sino también la de la población local.
Llegado a este punto, no hay que olvidar tampoco que el turismo influye de forma considerable en el aumento del tráfico. El desplazamiento a los destinos turísticos se realiza por lo general en automóvil, autobús, avión o tren, y, curiosamente, cuando éstos son muy largos, el 90% de la energía primaria consumida durante el periodo de vacaciones se puede llegar a gastar en los trayectos de ida y vuelta, de forma que las emisiones por la quema de combustible se convierten en uno de los mayores problemas ambientales de este sector y, especialmente, en el transporte aéreo (en gran parte turístico).
Por último, el alto consumo de agua en zonas con escasez de este recurso natural constituye un problema de gran envergadura, ya que, en muchas ocasiones, el abastecimiento para el centro turístico se realiza a costa de un recorte del agua para la población local.
Para minimizar el impacto negativo del sector turístico, la Asamblea de las Naciones Unidas celebrada en junio de 1997 solicitó a la Comisión de Desarrollo Sostenible (CSD) que presentara un programa de trabajo dirigido a fomentar un turismo sostenible y adecuado a aspectos éticos, sociales y culturales, así como a garantizar el cuidado del medio ambiente y unos buenos resultados económicos.
El concepto de turismo sostenible reconoce universalmente "el derecho de cada individuo al descanso y a la recreación, a una limitación razonable de las horas de trabajo, vacaciones periódicas pagadas, así como a la libertad de viajar dentro del marco de las leyes". Y todo ello se basa en potenciar en los destinos turísticos el desarrollo económico, el respeto a la naturaleza, la identidad de los pobladores y la justicia social, sin poner en peligro las buenas relaciones y la paz entre los pueblos.
Desde este punto de vista, los promotores del turismo sostenible apelan a la comunidad internacional, a empresas del sector y a los gobiernos para que adopten una serie de medidas más globales en favor, por ejemplo, de una sostenibilidad ética, social y cultural que incluya el respeto de los derechos humanos, la erradicación de la prostitución y del trabajo infantil, la participación de la población local en la vida política y la creación de condiciones laborales más justas y humanas para los trabajadores de esta rama.
Según la petición trasladada por los defensores del turismo sostenible o ecoturismo, también se pretende una sostenibilidad ecológica basada en la preservación del equilibrio medioambiental y en un transporte turístico de precios ajustados y coherente con el medio ambiente.
Por último, solicitan una sostenibilidad económica que aumente los ingresos de la población local, que limite el número de propiedades turísticas en poder de capital extranjero y que permita la participación de los grupos sociales-locales, sobre todo de mujeres y jóvenes, para que éstos se beneficien también de la riqueza creada.
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