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El bosque, nuestro mejor amigo

El mes pasado decíamos en esta misma sección que, lamentablemente, hay demasiadas cosas que nos afectan en la vida cotidiana y que, a pesar de ello, se deciden en foros de discusión muy alejados de nuestra posibilidad de influencia.

  Pues bien, vamos hoy a tratar un problema acuciante que, aun siendo trascendental para nuestro futuro y el del entorno natural que nos rodea, muestra una característica peculiar: cada uno de nosotros puede hacer mucho para mejorar la situación, crítica desde todos los puntos de vista, e incluso para resolverla en gran medida. Estamos hablando, naturalmente, de los incendios forestales.

De los mil millones de árboles que se espera se quemen este año, gran parte de ellos arderán por una de las más indisculpables negligencias que hoy podemos cometer: las que provocan incendios en los bosques. Lo mismo da que dejemos sin apagar del todo las brasas donde hemos cocinado la paella dominguera, que arrojemos una colilla por la ventanilla del coche, o que quememos matorrales o rastrojos para pasar el rato o porque nos incomodan en el jardín. La responsabilidad es del todo nuestra. Vivimos en un país muy proclive a los incendios, y no debemos ignorar que, como se señala en las páginas interiores de este número de CONSUMER, un bosque puede tardar más de 120 años en recuperarse después de haber sufrido un incendio: tras 10 ó 15 años se crea el monte bajo; se necesita entre 15 y 20 años más para desarrollar un estrato arbóreo pleno, entre 30 y 40 años más para que crezca una matorral arbolado de regulares dimensiones y unos 50 años más para la restauración definitiva.

Debemos recordar que la existencia de los bosques resulta imprescindible para el ecosistema y para cada uno de nosotros. Son el mejor amigo del ser humano. Sus méritos son de una magnitud sin parangón: el bosque proporciona oxígeno, retiene y atrae agua, combate la erosión y alberga y mantiene la diversidad biológica. A un amigo así no se le puede fallar. Recordémoslo este verano. Y seamos prudentes al máximo.

Por su parte, la Administración y los jueces deben castigar con contundencia a quienes provocan estos incendios con fines económicos, y reformar e integrar socialmente a los pirómanos. Tal y como nos recuerdan los ecologistas, miremos todos de vez en cuando hacia el bosque, pensemos en él, mimémoslo, defendámoslo y no lo hagamos sólo cuando se quema. Porque entonces, con las llamas devastando tantos años de trabajo de la naturaleza, ya es demasiado tarde. Así, lo defenderemos un poco mejor. Sin duda, se lo merece.


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