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Incontinencia urinaria: Un problema como otro cualquiera

La incontinencia urinaria consiste en la pérdida involuntaria de orina. Esta afección, aunque típicamente geriátrica, se da también en adultos no tan mayores, especialmente en mujeres.

  Esta afección, aunque típicamente geriátrica, se da también en adultos no tan mayores, especialmente en mujeres. Se calcula que la quinta parte de la población mayor de 65 años sufre de incontinencia urinaria. No hay datos fiables sobre su prevalencia en personas menores de 65 años, ya que son muchos los que, por las tan negativas como equivocadas connotaciones sociales y personales que arrostra este problema, prefieren no acudir a la consulta, y mantenerlo en secreto. El individuo con incontinencia urinaria presenta problemas adicionales, con repercusión tanto a nivel físico como psíquico. Tendrá más posibilidades de desarrollar úlceras por presión en la región perineal y también de sufrir infecciones urinarias.

Además, en quienes no controlan la micción son habituales las reacciones de aislamiento, depresión y pérdida de la autoestima. No es necesario abundar en la amplia gama de interpretaciones negativas que alimenta en un adulto el hecho de reproducir una conducta típicamente infantil, y, por si fuera poco, relacionada con las necesidades fisiológicas. Contemplamos lo escatológico como algo ordinario, zafio, poco elegante y casi tabú para abordarlo en sociedad. Así, no extraña que quienes sufren de incontinencia la sobrelleven como una afección vergonzante y difícilmente comunicable a los demás. En conclusión, la incontinencia no sólo resulta molesta y (sólo relativamente) perjudicial para nuestra salud, sino que puede conducirnos a una situación sicológica poco deseable. Y, para rematar la faena, las personas con incontinencia urinaria requieren atención específica por parte de sus familiares, con lo que también aparece la temida dependencia de los demás miembros del hogar.

En qué consiste

La función de tracto urinario inferior, vejiga y uretra, es almacenar la orina que se forma en los riñones. Y vaciarla periódicamente. La fase de eliminación se inicia con una relajación del músculo que envuelve a la uretra, al tiempo que el músculo detrusor de la vejiga se contrae; así, la presión intravesical es mayor que la uretral y se produce el vaciamiento. Para que se mantenga la continencia, es preciso que la presión intrauretral sea mayor que la intravesical.

Cuando se pierde esta relación de presiones, se produce la incontinencia urinaria, que puede deberse a una disminución de la presión intrauretral (la causa más habitual), o a un aumento de la presión intravesical. En ocasiones, está motivada por la combinación de ambas circunstancias.

En la mujer, la uretra es más corta; para la continencia, reviste más importancia la musculatura uretral alejada de la vejiga, que contribuye a la musculatura del periné. En el hombre, adquiere más relevancia la musculatura próxima a la vejiga, interviniendo muy poco la musculatura perineal.

Tipos de incontienencia

La incontinencia urinaria puede ser transitoria o reversible. Y establecida, permanente o crónica. La transitoria aparece de manera súbita y es posterior a procesos infecciosos de las vías urinarias, vaginitis o uretritis atrófica.

También puede deberse a la toma de fármacos ansiolíticos, hipnóticos, diuréticos o calcioantagonistas. E incluso puede relacionarse con transtornos psicológicos o a estados confusionales agudos. En las mujeres posmenopaúsicas es frecuente la vaginitis atrófica, que provoca pequeñas pérdidas de orina solucionables con terapia hormonal sustitutoria. El encamamiento prolongado y la inmovilidad prolongada también pueden generar incontinencia En los ancianos, el estreñimiento y el almacenamiento de heces en el recto propician que la ampolla rectal se distienda y se comprima la uretra. O que, por un mecanismo reflejo originado por la distención del recto, se produzca una contracción refleja de la vejiga. Estas situaciones son normalmente pasajeras y, desaparecida la causa, desaparece la incontinencia.

Cuando no hay causa aparente que justifique la incontinencia y ésta no desaparece en varias semanas, se habla de incontinencia establecida, de la que se conocen varios tipos. Con la inestabilidad vesical, el afectado siente una súbita urgencia de orinar y de inmediato se produce el vaciado de orina, por lo general en cantidades moderadas; es habitual el incremento de la frecuencia miccional, de día y de noche. El desorden se halla en la vejiga: infección asintomática, cálculo vesical u obstrucción incipiente. Este tipo de incontinencia aparece también en dementes, en enfermos de Parkinson y en quienes han sufrido accidentes cerebrovasculares.

La incontinencia de estrés es la más frecuente en mujeres y resulta muy poco habitual en los hombres. Su causa es un fallo en el cuello de la vejiga y uretra, en el que interviene la relajación de la musculatura del periné. Aumentos de la presión intraabdominal, como la tos, la risa o el estornudo, ocasionan la expulsión de pequeñas cantidades de orina. Los partos, la obesidad y la menopausia, favorecen esta incontinencia. El tercer tipo de incontinencia establecida es la de "por rebosamiento". Se produce cuando la presión intravesical excede a la presión uretral, con grandes volúmenes de orina en la vejiga. Tiene su origen en una obstrucción anatómica o en una afección neurológica de la vejiga. El crecimiento prostático, la neuropatía diabética, la estenosis de uretra, las patologías de la médula y son las causas más frecuentes.

Por último, queda la incontinencia funcional: una persona con tracto urinario funcionalmente intacto es incapaz de alcanzar el lavabo para orinar. O no desea ir al cuarto de baño, como ocurre con enfermos mentales, depresivos, personas con gran deterioro cognitivo (Alzheimer y otras demencias), o por barreras arquitectónicas y problemas de desplazamiento.

Cómo tratarla

El tratamiento de la incontinencia es distinto para cada caso. Lo primero es acudir al médico: en muchos casos se puede solucionar. Esto es aún más importante en las mujeres adultas con pequeñas pérdidas de orina por estrés y que mantienen relaciones sexuales. En la inestabilidad vesical se consiguen buenos resultados con fármacos anticolinérgicos y con electroestimulación. En la incontinencia por estrés o esfuerzo, la más común entre las mujeres, se aconsejan ejercicios que fortalecen la musculatura pélvica, a realizar varias veces al día, que consisten en contracciones sostenidas de la musculatura pélvica. También se utilizan los conos vaginales, que se introducen en la vagina por periodos de 15 minutos, tres veces al día, incrementando el peso de los conos gradualmente; a veces, estas medidas hay que combinarlas con la estimulación eléctrica de baja intensidad y fármacos específicos. En algunos casos, hay que recurrir a la cirugía que en la mayoría de las operaciones da buenos resultados.

En la incontinencia por rebosamiento, lo común es la administración de fármacos. En los ancianos con incontinencias que no responden a tratamientos, la alternativa son los pañales, que conviene cambiar con frecuencia para evitar ulceraciones y otros problemas de la piel.

Ante la incontinencia

  • La pérdida involuntaria de orina es un problema médico que no debe ser motivo de vergüenza ni ocultación. Hay que acudir al médico como cuando se tiene cualquier otra afección. Hoy, la mayoría de los casos cuenta con un tratamiento efectivo. Aunque cada tipo de incon tinencia tiene su proppio tratamiento, en todos los casos se deben observar algunas normas generales:
  • Limitar o eliminar la ingesta de sustancias como café, té y bebidas alcohólicas, que provocan la micción.
  • Reeducar el hábito miccional, hay técnicas para conseguirlo. Adquirir un hábito miccional: intentar orinar con una periodicidad no superior a dos horas.
  • En los últimos años se han desarrollado técnicas urodinámicas que permiten un diagnóstico muy preciso y dar con la mejor terapéutica posible, ya que hay múltiples posibilidades terapéuticas, como la cinesiterapia, la electroestimulación y las técnicas de biofeedback, que aumentan el control sobre una función muscular inconsciente, convirtiéndola en una consciente y voluntaria.

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