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La depresión: Tiene tratamiento, seamos optimistas

En España, más de cuatro millones de personas han sufrido a lo largo de su vida alguna depresión.

  Estamos hablando de casi una epidemia: para los europeos la depresión es, tras las enfermedades del corazón, la causa más importante de baja laboral. No es casualidad que se perciba como una enfermedad preferentemente femenina: casi un 70% de las mujeres sufrirá al menos una depresión en su vida. A esta elevada prevalencia ayudan decisivamente ciertos factores femeninos que generan frecuentemente síntomas depresivos, como los cambios hormonales, la menopausia y el postparto.

La "depre" puede aparecer tanto como reacción ante sucesos traumáticos o imprevistos (crisis exógena) o como una pura melancolía, una tristeza que todo lo tiñe de gris y apatía, cuyas causas concretas se desconocen o permanecen ocultas detrás de vivencias no catalogadas como decisivas en nuestro pasado (crisis endógena).

La depresión se manifiesta de muchas maneras, pero hay una serie de síntomas que, si aparecen unidos, nos avisan de que estamos ante una depresión. Tienen una connotación negativa, pero no hay que preocuparse en exceso: la vida es así, y así hay que entenderla, con naturalidad. Y encararla sin prejuicios ni miedos. Veamos esos síntomas que nos anuncian una inminente depresión. Si percibimos varios de ellos, hemos de tomar iniciativas, ya que nuestro equilibrio y bienestar emocional están en juego.

Irritabilidad. No controlamos nuestra emotividad negativa y cualquier cosa nos irrita. Quienes viven a nuestro alrededor notan el cambio.

Nuestra sociabilidad, y la capacidad de entender posturas y comportamientos distintos de los nuestros son menores de lo habitual. Disminución de energía vital, o pérdida de interés por casi todo. La pereza se instala en nosotros y la apatía y el inmovilismo dominan la situación. Nos sentimos desmotivados, incomprendidos. Casi nada merece la pena, pensamos. Alteraciones del sueño: nos despertamos en medio de la noche, o nos cuesta mucho conciliar el sueño. Estamos inquietos. Cambios en el apetito: sin causa aparente, modificamos nuestros hábitos alimentarios. Indiferencia ante el sexo y el amor: nos da igual, no nos llama la atención. No nos acordamos de que hay una cosa que se llama amor (hacia el cónyuge, pareja, o la familia en general) y otra cosa que antes era sensualidad y placer sexual.

Sentimientos de culpabilidad y autocompasión: cualquier cosa negativa que pase en nuestro entorno, es culpa nuestra. Nos culpamos de que no entendemos las cosas, de que no hacemos nada bien. Dificultades para concentrarse y rendir en el trabajo: esta absorbente preocupación vital reclama toda nuestra atención. No tenemos tiempo ni capacidad para trabajar, ni mucho menos para emanciparnos de la depresión. Desinterés por el aspecto personal: de pronto, nos damos cuenta de que todo es una gran ceremonia de la apariencia, en la que no queremos participar. Todo es hipocresía: quien me quiera lo hará igual aunque vaya un poco desaliñado. Además, no tengo humor para dedicar siquiera unos minutos a mi aspecto, tengo otras cosas que hacer y en qué pensar.

Si percibimos varios de estos síntomas simultáneamente, es muy probable que nos hallemos ante una depresión. Se impone la visita al psicólogo. O, para empezar, comentemos la situación con alguien que haya sufrido depresiones. Hay abundantes libros sobre el tema, que, además de resultar entretenidos, informan con tino sobre el asunto.

Tipos de depresión.

A veces, los síntomas de la angustia sobrevienen de forma inexplicable, sin que haya sucedido algo traumático. Son las llamadas depresiones endógenas. La persona está triste, padece una melancolía vital pero no sabe su motivo concreto. Pero lo más común es que los síntomas aparezcan tras una determinada situación: estrés profesional, marcha de los hijos del hogar, miedo o incertidumbre ante una situación amenazante, enfermedad o muerte de seres queridos, problemas con los padres, hijos o la pareja... Estas son las depresiones reactivas o exógenas.

Ambos tipos de depresión pueden complicarse y revisten importancia, no nos equivoquemos. Porque detrás de esa aparentemente inocua crisis de melancolía o tristeza que llegó sin causa identificable, pueden anidar problemas psicológicos nada triviales. No pensemos que esta tristeza nuestra es "porque le damos demasiadas vueltas a las cosas". Hay personas que reflexionan mucho, que se muestran lúcidas y críticas con nuestro modus vivendi y con las relaciones humanas, y que no por ello se dejan invadir por la depresión. A cada uno lo suyo.

Ahora bien, si nos encontramos decaídos desde hace meses o años, no debemos conformarnos. Nuestra calidad de vida, y la de quienes nos rodean, nos exige tomar decisiones.

Fármacos antidepresivos.

Han sufrido mala prensa entre algunos psicólogos porque a veces se han recetado sin diagnóstico previo y sin atención personalizada al paciente. Los antidepresivos debe prescribirlos siempre un médico. No deben ser recetados por otros profesionales, ni ingeridos por recomendación de amistades, parientes o por nuestro propio criterio. Solos o combinados con terapias psicológicas, pueden ser de una gran efectividad. No hay motivo para no tomarlos. Si son necesarios, negarse a ingerir antidepresivos, por miedo a vernos como enfermos mentales es una estupidez. La depresión es una enfermedad más, para la que, afortunadamente, hay tratamiento. Si nos ponemos en manos de un especialista que conoce estos fármacos, debemos confiar plenamente en él. Hay muchos antidepresivos eficaces, pero tengamos en cuenta lo siguiente.

No consiguen efectos inmediatos. Necesitan alcanzar un nivel de concentración en sangre. Hemos de esperar unas semanas para notar los efectos. El especialista, en ciertos casos, debe probar con varios fármacos hasta dar con el fármaco que mejor va a cada persona. No debe interrumpirse bruscamente la medicación, ni aunque se note una evidente mejoría. Debe durar, al menos, unos meses. Tienen efectos secundarios.

Estos medicamentos describen, en sus prospectos informativos (léalos), una gama de síntomas que pueden aparecer. Pero no los espere, y menos con ansiedad. Es posible que a usted no le sobrevenga ninguno. Los más frecuentes son la alteración de los mecanismos de la atención y las dificultades en la libido. Como siempre, el médico debe ser consultado.

Depresión: qué hacer, además de los fármacos

  • Lo primero: aceptarla. Le puede pasar a cualquiera, es algo muy común. No somos culpables de estar deprimidos. La depresión no es un estigma social. Se trata de un trastorno tan frecuente como la gripe o la gastritis.
  • Lo segundo: pedir ayuda a un buen profesional. Determinará si conviene la psicoterapia, los fármacos, o un tratamiento combinado.
  • Ejercicio físico. La tendencia natural, cuando se está deprimido, es permanecer inmóvil, encamado y sin salir de casa. Lo recomendable es moverse, pasear, hacer deporte. En definitiva, sentirse vivo: sudar, pasar frío, calor, hambre, sed, ... El ejercicio nos distrae, y produce cambios fisico-químicos a nivel cerebral que generan bienestar psicológico.
  • Trabajar a gusto. Hagamos lo que hagamos, esmerémonos en hacerlo bien. Sintamos la satisfacción del trabajo bien hecho.
  • Evitar los productos tóxicos. El tabaco no calma los nervios; al contrario, parece que favorece la depresión. El alcohol en exceso produce efectos depresores del sistema nervioso. Nada de fármacos sin prescripción facultativa. Ni de drogas. Mientras dure la depresión (y, mejor, también después), vida sana.
  • Controlar los pensamientos. Se cuelan como polizones y se quedan a vivir en nuestro interior: preocupaciones (ocuparse "antes de"), obsesiones, visión negativa, prejuicios, sospechas infundadas, ... Permanezcamos en vigilancia para no dejarnos hundir por estos pensamientos irracionales. A veces, basta con identificarlos y ser conscientes de que los tenemos.
  • Sentido del humor. Aprenda a reírse, en primer lugar, de usted mismo. La vida tiene una perspectiva lúdica, desenfadada y optimista. Búsquela.
  • La luz solar anima mucho. Procure que habitaciones, salas o despachos estén bien iluminados. La luz da alegría de vivir. Salga a la calle, al campo, al monte, a la playa, en busca de sol.
  • Técnicas de relajación. Apréndalas de un buen profesional. Y trate de aplicarlas.

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