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Solidaridad y reflexión

La tragedia en forma de huracán que empañó de muerte y desgracia el otoño centroamericano ha demostrado que, cuando las circunstancias nos exigen un esfuerzo solidario, damos la talla tanto a nivel institucional como particular.

  Ante tamaña reafirmación en nuestros lazos de compromiso con los más necesitados, criticar a quienes se han mostrado menos sensibles ante esta más que justificada demanda de solidaridad, no es lo más operativo. Quizá sí sea la hora de algunas reflexiones, en la línea de las que propicia el informe que publica CONSUMER este mes, a partir de una encuesta realizada a más de 3.000 personas sobre todo lo que rodea al concepto de Solidaridad.

Destaquemos dos cosas: una, que hay mucha gente que mantiene serias dudas sobre el destino real del dinero que gestionan las ONG; dos, que son aún más quienes sospechan que en los países destinatarios de esta solidaridad internacional los políticos y funcionarios locales se apropian indebidamente de buena parte de lo donado.

Citemos algunas propuestas a nuestro entender interesantes. Para combatir la desconfianza que la gestión de las ONG suscita en parte de la población, ¿por qué no llegan todas ellas a un acuerdo de auditorías públicas y presentación de cuentas estandarizadas y transparentes, que borre esa mancha de duda que reduce la colaboración con las ONG y deteriora su tan merecida imagen altruista? Y para conseguir que el dinero donado a países en vías de desarrollo cumpla un cometido realmente positivo, ¿por qué no exigir a los Gobiernos receptores de estas ayudas, además de la transparencia en la distribución de las mismas, una serie de reformas estructurales (agrarias, industriales, políticas) que permita a los ciudadanos progresar económica y socialmente? Y para que no sólo hagamos caridad bienintencionada pero sólo paliativa, y asumamos la parte de responsabilidad que nos corresponde en esta lacerante desigualdad entre países, ¿por qué no nos cuestionamos, de una vez y por todas, la relación existente entre las actitudes y prácticas de los países ricos, y sus multinacionales, con la miseria económica y social reinante en países que, por la riqueza de sus materias primas y las ansias de mejora de sus habitantes, podrían vivir hoy en unas circunstancias socioeconómicas más humanas, equiparables a medio plazo a las nuestras?.

La calidad de vida y el desarrollo sostenible no pueden ser conceptos exclusivos de los privilegiados que tenemos la suerte de vivir en países desarrollados. Todos los seres humanos deben tener opción a perseguirlos. Y a soñar con alcanzarlos, como hacemos nosotros.


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