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Los datos, informaciones, interpretaciones y calificaciones que aparecen en esta información corresponden exclusivamente al momento en que se realizaron y tienen, por tanto, una vigencia limitada.

Sólo el 20% de la población colabora con alguna ONG

Encuesta exclusiva: hablan más de 3.000 personas

Somos contradictorios

Si nos centramos en las actitudes personales de los encuestados, surgen contradicciones difícilmente conciliables. Así, aunque el 84% nos consideramos solidarios, sólo un 20% colaboramos (como voluntario y/o como socio económico) con alguna ONG. Y sólo un 6% participa como voluntario en alguna de ellas, dedicando parte de su tiempo a trabajar desinteresadamente por los demás. Estos bajos índices de colaboración con las organizaciones solidarias no encajan bien con la buena imagen de que disfrutan. Seis de cada diez ciudadanos consideran que las ONG se caracterizan por su trabajo desinteresado y voluntario, y por sus fines eminentemente sociales. Los ciudadanos, además, confían el triple en las ONG que en la Iglesia y seis veces más que en el Estado como agentes eficaces de solidaridad.

¿Corrupción en las ONG?

Volviendo a la positiva percepción social de las ONG, puede parecer chocante con la exigua colaboración que consiguen. Algunos datos pueden explicar esta contradicción. Por ejemplo, a pesar de la proliferación de ONG en los últimos años (en el estudio de CONSUMER aparecen citadas de forma espontánea más de 200 organizaciones), el conocimiento de las ONG y de su labor dista de ser masivo: una de cada tres personas no es capaz de nombrar ninguna asociación de estas características. Y, ya en la percepción negativa que podrían suscitar, uno de cada cuatro adultos considera que la actividad de las ONG puede servir de excusa para que el Estado abandone la resolución de problemas que lastran el desarrollo social y económico del conjunto de la población.

En conclusión, si bien las ONG disfrutan de una imagen más favorable que cualquier otro tipo de colectivos, y son vistas como canales insustituibles de solidaridad, todavía no son del todo conocidas y provocan algunos recelos. Todo ello repercute, sin duda, en su capacidad para atraer voluntarios y socios económicos. No parece banal que un 20% de la población manifieste dudas sobre el destino del dinero que gestionan las ONG. O que sólo el 12% de los ciudadanos están en la certidumbre de que sus donaciones llegarán de forma íntegra a los destinatarios previstos. Y existe, además, en la solidaridad internacional (como se ha podido comprobar estas últimas semanas) una nítida desconfianza sobre el comportamiento ético de las autoridades políticas y los funcionarios del país al que se destinan las ayudas. La mitad de los encuestados consideran que estas personas y entidades locales se apropian indebidamente de una parte cuantiosa de las donaciones. Aún así, más preocupante resulta que uno de cada cinco ciudadanos considere que una parte de las donaciones se la quedan miembros de las ONG para su propio provecho.

Este dato podría no suponer más que la desconfianza ante lo que gestionan los demás, pero ¿qué cabe decir de que un 10% de los propios voluntarios de las ONG (interrogados en una encuesta específica, la segunda de que consta este estudio de CONSUMER), afirma que una parte significativa del dinero, bienes o alimentos donados a ellas, se lo apropian miembros de las ONG para su provecho propio?

Tradicionales, hasta en la solidaridad.

Otra conclusión es la preferencia por las formas de colaboración más tradicionales, o aquellas en las que directamente nos desprendemos de lo que nos sobra. Así, el 32% de los encuestados afirma donar ropa siempre que puede.

Le siguen en importancia la compra de tarjetas de felicitación benéficas, y la participación en rifas asimismo de fin altruista. Por contra, actitudes de más reciente cuño, como las que representan los proyectos de comercio solidario, son todavía muy minoritarias. Un 44% de la población, por ejemplo, no compra nunca productos de empresas que destinan un porcentaje de sus beneficios a proyectos de solidaridad. Y el 41% no adquiere nunca artículos de comercio justo, que garantizan que los productores de los países menos desarrollados se benefician suficientemente de su trabajo. Pese a esta prevalencia de las formas de beneficencia más convencionales, las actividades solidarias que más rechazo generan son las vinculadas a lo eclesiástico: la mitad de los encuestados asegura no colaborar nunca con la Iglesia ni con organizaciones afines a ella.

Caso aparte son la galas benéficas organizadas por las cadenas de TV. La mitad de la población considera que, si bien son un instrumento más de estas empresas de comunicación para imponerse en la "guerra" de audiencias, estos espectáculos contribuyen a solucionar problemas reales.

El estudio constata también que el "espíritu navideño", en cuanto a lo solidario, existe de veras. Los encuestados afirman realizar casi todas las actividades benéficas con mayor frecuencia en Navidad que durante el resto del año. Eso sí, hay diferencias en función del tipo de acción solidaria: la más específica de Navidad es la compra de tarjetas de felicitación benéficas (se hace un 45% más en Navidad que en otras épocas del año). La adquisición de rifas benéficas crece un 30%, y la donación de alimentos o ropas lo hace en un 20% respecto del resto del año.

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