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Hepatitis C: No hay vacuna ni tratamiento eficaz, pero tampoco motivos para dramatizar

Los virus son formas muy elementales de vida, pero que encierran en algunos casos elevada agresividad y una gran capacidad para desarrollar enfermedades graves e incluso mortales, si bien habitualmente las repercusiones de los virus en nuestro organismo son leves.

  Su capacidad de difusión y contagio, la ausencia de tratamientos eficaces, y las dificultades que plantea la creación de vacunas, los convierte en temibles. Los virus de la hepatitis de los tipos A, B y Cs son muy distintos entre sí, no sólo por su capacidad patogénica sino también por la forma de transmitirse y por las medidas preventivas que exigen para evitar el contagio.

El VHC presenta una elevada prevalencia: se calcula que hay 500 millones de personas infectadas en el mundo, y que un 2% de la población española está infectada, aunque la mayoría son "portadores sanos del VHC". La transmisión más común es mediante la transfusión de derivados sanguíneos o la toma de droga por vía intravenosa, si bien en un tercio de los casos se desconoce la vía de contagio. El riesgo de transmisión por vía sexual es muy bajo, aunque las heridas en la mucosa genital o las relaciones sexuales durante la menstruación pueden facilitar el contagio.

En la transmisión por vía materno-fetal, la posibilidad existe, pero es poco frecuente. El riesgo se incrementa cuando hay una coinfección con el SIDA o alteraciones del sistema inmunológico por otra causa. En personas con el sistema inmunológico normal, el contacto sanguíneo directo es el mayor riesgo de contagio.

Unos primeros años sin síntomas.

La infección por VHC cursa la mayoría de las veces sin síntomas en los primeros años, y es frecuente que se descubra por casualidad tras un reconocimiento rutinario. En el análisis, se detecta una elevación de las transaminasas. Una investigación posterior determina si su causa es una hepatitis B, o una C. Si la elevación de las transaminasas es crónica, se descarta la hepatitis vírica, lo que implica la realización de pruebas serológicas específicas. Sólo cuando se ha desarrollado la infección se producen los síntomas. El más frecuente es el cansancio, que puede ser acusado. La infección por VHC manifiesta tendencia a la cronicidad, pero sólo un 15%-20% de los infectados evoluciona, y lentamente, hacia la hepatitis crónica viral y la cirrosis tras 20 o más.

Únicamente en pocos casos se desarrolla el cáncer hepático, que normalmente no sobreviene antes de los 30 años de evolución de la enfermedad. Ahora bien, si el paciente presenta el sistema inmunológico afectado, el curso de la infección puede ser más agresivo, y las complicaciones podrían arribar en periodos más breves.

Controles periódicos.

La persona infectada con VHC ha de someterse a controles periódicos que permitan seguir su evolución. Si tras muchos años, no se han producido lesiones importantes (como la fibrosis en el hígado), el riesgo de evolución a formas graves de hepatopatía es tan bajo que no se precisa una vigilancia especial. Pero en los demás casos, pueden ser necesarios un control analítico y clínico anual, además de una ecografía abdominal cada dos años. Y un estudio histológico cada 4ó 5 años. Será el médico quien marque las pautas de seguimiento.

Lamentablemente, la ciencia no dispone, hoy por hoy, de medidas terapéuticas resolutivas; no hay un tratamiento eficaz para la hepatitis C. Aunque el curso de la enfermedad es lento, la probabilidad de desarrollar patologías graves del hígado justifican el tratamiento con Interferón, único producto para combatir la hepatitis C.

Ahora bien, no todos los pacientes deben tratarse con él. A los infectados con transaminasas normales o lesiones mínimas (son escasas sus probabilidades de desarrollar una enfermedad hepática grave), no les merece la pena someterse a un tratamiento que presenta efectos secundarios. Por otro lado, el Interferón está contraindicado en muchos pacientes: con disminución de sus leucocitos, plaquetas, con descompensación hepática, infección por VIH, embarazo, depresión del sistema inmunológico, etc.

Aunque se ha investigado mucho sobre ello y se ha conseguido una vacuna contra la hepatitis B, no existe todavía una vacuna eficaz para la hepatitis C.

Vida normal, para el infectado y para quienes conviven con él

Una persona con hepatitis crónica C puede hacer vida normal, siempre que se atenga a una dieta equilibrada y se abstenga de consumir alcohol. El ejercicio físico será moderado. Evitará medicamentos que dañan al hígado: anticonceptivos hormonales, antiinflamatorios no esteroides (AINEs), sedantes y analgésicos. El médico indicará los que se pueden tomar. Dado que la transmisión por vía sexual es baja en la hepatitis C, en las parejas estables se pueden mantener relaciones sexuales sin preservativo, excepto si existen lesiones genitales o si se practican durante la menstruación. Siempre que el infectado sufra una herida, realizará un lavado con desinfección y vendaje inmediatos.

La convivencia con un infectado por VHC no conlleva apenas riesgos. La transmisión es por vía parenteral, un contacto sanguíneo. Lo que no obsta para que se tenga en cuenta que los útiles de aseo personal (cepillo de dientes, peines, maquinillas de afeitar, pinzas para depilarse, tijeras) no se comparten. En cuanto a las relaciones sexuales, en parejas estables y con el sistema inmunológico sano, no son necesarios preservativos, salvo en los casos de lesiones genitales o durante la menstruación.

La hepatitis C, en pocas palabras

  • Hemos de desdramatizar esta infección. La hepatitis C es, en personas con función inmunológica intacta (la inmensa mayoría), un proceso lento, asintomático, y con consecuencias graves para la salud (y a muy largo plazo) en sólo un pequeño porcentaje de los casos.
  • El contagio más común es por contacto sanguíneo: transfusión de derivados sanguíneos contaminados o toma de droga por vía intravenosa.
  • Los primeros años, no hay síntomas de la infección. El más frecuente es el cansancio.
  • La tendencia a la cronicidad es clara, pero sólo uno de cada seis infectados evoluciona (y lentamente, 20 años o más) hacia la hepatitis crónica viral y la cirrosis. El cáncer de hígado se da en pocos casos. Y, normalmente, no hasta transcurridos 30 años de la enfermedad.
  • Los infectados deben someterse a controles periódicos, que varían de tipo y frecuencia según la evolución de la hepatitis.
  • Tratamiento: En infectados con transaminasas altas o lesiones, el riesgo de patologías graves justifica el tratamiento con Interferon, si bien este fármaco tiene abundantes contraindicaciones. Y efectos secundarios.
  • Vacuna: la ciencia aún no ha descubierto una vacuna eficaz ante la hepatitis C.
  • Convivir con la enfermedad: Los infectados llevan una vida normal, pero deben abstenerse del alcohol y de fármacos perjudiciales para el hígado (anticonceptivos hormonales, antiinflamatorios no esteroides, sedantes y algunos analgésicos). Quienes conviven con ellos han de observar sencillas precauciones en las relaciones sexuales, y no compartir con los infectados sus útiles de aseo personal.

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