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Hepatitis C: algo más que una irresponsabilidad individual

En un muy reciente Congreso de Enfermedades Contagiosas celebrado en nuestro país un médico reconocía que "el brote de Hepatitis C de Valencia se ha producido por una mala práctica clínica de un anestesista que pinchaba a los pacientes con la misma aguja con la que se pinchaba él".

  Al parecer, la reprochable conducta del doctor Maeso tiene su explicación en su adicción a las drogas y en su forma de administrársela. El anestesista estaba infectado por la Hepatitis C, que se contagia por vía parenteral, sanguínea. Esta circunstancia, la de su enfermedad y su toxicomanía, la conocían el propio anestesista y varios de sus compañeros, que no denunciaron el hecho y consintieron en que la situación de alto riesgo se mantuviera durante varios años.

Según todos los indicios, hay un centenar de personas contagiadas por este médico anestesista. Al parecer (habrá que comprobarlo), los otros más de 200 de casos de hepatitis C detectados en Valencia no están relacionados con el doctor Maeso.

Este episodio debe movernos a la reflexión. Se piensa que el contagio se produjo en intervenciones quirúrgicas realizadas desde enero de 1995. Por ello, miles de personas anestesiadas por este médico han tenido que someterse a análisis para descartar la posibilidad de contagio, lo que les ha sumido en una penosa incertidumbre. Técnicamente, las epidemias de Hepatitis C no existen, por lo específico de su modo de contagio; pues bien, ya las hemos patentado.

Otro médico ha asegurado que "las conductas personales no son exponentes del sistema sanitario general". Discrepamos. El sistema sanitario ha de ser capaz de detectar y desterrar estas prácticas aunque sean de un sólo médico, porque ¿qué hubiera ocurrido si en lugar de la hepatitis C, una enfermedad de desarrollo normalmente muy lento y que en sólo algunos casos provoca consecuencias muy graves, el contagio hubiera sido de otra enfermedad más grave, igualmente común entre toxicómanos, y que todos tenemos en mente? No queremos ni pensar en las consecuencias de esta hipótesis.

Otros médicos han asegurado que "prevenir esta situación es imposible". Tampoco es cierto, al menos en este caso. Si sus compañeros hubieran informado de que el anestesista estaba infectado por un virus (por cierto, de declaración obligatoria), se habrían evitado los contagios.

Los usuarios acudimos a los centros sanitarios a que se nos resuelvan nuestros problemas de salud. Aceptamos que, a veces, las soluciones no son todo lo eficaces que quisiéramos, pero no podemos tolerar que el sistema sanitario no haga todo lo posible para que no contraigamos en los hospitales enfermedades graves distintas de las que nos han llevado hasta allí y cuyo origen reside en las negligencias del personal médico o en las propias prácticas sanitarias.

Los usuarios debemos exigir a las autoridades sanitarias que, ante un hecho de esta naturaleza, informen, con prontitud, precisión técnica y rigor, sobre lo que ha ocurrido. Y que se asuman las responsabilidades correspondientes, procediéndose en su caso a las indemnizaciones a que hubiere lugar. Y, por último, que se adopten las medidas necesarias para minimizar los riesgos que entraña acudir a los servicios médicos.


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