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Tan esencial como que la carne o la verdura que ingerimos esté en buenas condiciones sanitarias es que el aire sea respirable, y tan importante como que una casa se tenga en pie es que los vertederos no se derrumben sobre las ciudades. El consumidor debe elegir, pero no se le puede endosar toda la responsabilidad, ya que no tiene en sus manos la capacidad de decidir, por ejemplo, qué, cómo y dónde se fabrican los productos. La de consumidor no es pues una profesión: no podemos ser expertos en todo (alimentos transgénicos, agotamiento de los caladeros de pesca, eutrofización de lagos y ríos, lluvias ácidas, ...) ni conocer las repercusiones de cada uno de nuestros actos de consumo.
Son la Administración, en todos sus niveles (local, autonómico, central) y las empresas, quienes han de asumir las responsabilidades a la hora de definir y respetar los criterios para un consumo sostenible. Desde inversiones de los países ricos, vigiladas por la ONU, para combatir la pobreza en el mundo y propiciar un verdadero desarrollo del Tercer Mundo, hasta normas exigentes pero asumibles que impidan al sector productivo y turístico contaminar el medio ambiente y respetar en su caso el entorno natural y la cultura de los países pobres, son algunas manifestaciones prácticas de consumo sostenible.
En Japón, el incremento de los ingresos económicos por parte de la población no conlleva un aumento del uso del coche privado La mayor parte de las inversiones en infraestructura vial en Japón después de la Segunda Guerra Mundial, se destinaron al ferrocarril pesado, no a las carreteras, como aquí. Así, hoy, más de la mitad de la población de Tokio y un 92% de los viajeros del centro de la capital nipona, se desplazan diariamente a su trabajo en metro o tren. Además, el 15% de los japoneses llega hasta su empresa en bicicleta, y el uso de la bici aumenta más que el del automóvil. Aunque la tasa de propiedad de coches es alta, su uso está muy regulado. Se considera por tanto que las ciudades de Japón figuran entre las más habitables del mundo.
En cada una de nuestras decisiones cotidianas, podemos adoptar pequeñas iniciativas de consumo sostenible. Quizá la única regla para estas cuestiones medioambientales sea la de las tres R (recuperar, reciclar y reutilizar). Veamos algunas propuestas de consumo sostenible.
El papel es útil por las dos caras, y la segunda mitad de una goma borra igual que la premiara. Un sobre usado puede ser enviado otra vez. Dejar la luz encendida cuando uno no está presente, no sirve para nada. Son tres ejemplos que los niños pueden entender fácilmente, y adoptar como pautas hacia un consumo sostenible. Enseñarles a leer etiquetas y a comprender lo que significa la calidad mejorará su actitud hacia el consumo. En junio, el material escolar puede estar preparado para el curso que viene.
* Aprovechar cosas y ropas usadas equivale a ser solidario con la naturaleza y con nuestro planeta, y nunca debería representar un desprestigio social.
* Elijamos el vehículo en función del combustible que lo propulsa (cuánto y cuál consume).
* Preguntemos si el fabricante aplica programas de reciclado de materiales.
* A mayor velocidad, mayor consumo de combustible y más contaminación.
* Un correcto mantenimiento del vehículo permite que funcione mejor y que se aproveche más la energía. Para cambiar el aceite, elija un taller que garantice su recuperación.
Ir a la compra con un cesto o un carro y rechazar bolsas y embalajes superfluos es una manera de consumir responsablemente.
En cuanto al comer, se ha pasado en sólo dos generaciones de una alimentación de subsistencia al exceso de proteínas y de grasas en la dieta. La alimentación, además de preservar nuestra salud, debería ser solidaria con las generaciones que vienen.
* Rechazar los "pezqueñines", por ejemplo, no es sólo que consumir peces muy jóvenes nos dé pena, se trata de no impedir que se pueda comer pescado en el futuro. Y adquirir productos de Comercio Justo, como cacao o café, son opciones de sostenibilidad.
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